Juan Carlos Pérez | Fecha de Edición: 04-06-2012
Así como la semana pasada yo decía que las guerras del futuro serán por agua, hoy digo que la pobreza del futuro será la carencia de energía.
No es primera vez que escribo acerca del tema. Y temo que tampoco ha de ser la última. Nuestro país adolece de una preocupante falta de energía que, a juzgar por lo observado, amenaza con convertirse en algo mucho más grave que una preocupación: una crisis energética.
Parece un lugar común decir que hoy todo se mueve con energía. La producción, el transporte, el comercio, las comunicaciones, la salud, la educación y un sinfín de ejemplos más, demuestran que la sociedad contemporánea colapsaría si, de repente, no dispusiera de la energía que requiere. Por otra parte, esta omnipresencia energética nos ha acostumbrado a creer que este recurso es infinito, ilimitado y sólo basta apretar un botón o girar una llave para tener toda la que deseamos.
Porque todos queremos electricidad. Todos queremos petróleo, gas, leña o carbón. Pero ninguno de nosotros quiere represas que inunden el paisaje, chimeneas que hagan el aire irrespirable u océanos manchados de petróleo. Todos queremos la energía, pero ninguno quiere el costo implícito en su producción. Pero el asunto no funciona así. La producción de energía es cara, compleja y cada vez más difícil y escasa.
El debate y la movilización del año pasado, una de ellas, respecto de la instalación de centrales hidroeléctricas en Aysén, adquirió renovada fuerza cuando la semana pasada una empresa decidió echar pie en el proyecto. Y postergó, para un tiempo futuro e indefinido, la reanudación de la iniciativa. La opinión pública no está madura, dijeron, como para seguir adelante con la idea, lo cual dejó a algunos sonriendo, a otros perplejos y a muchos suspicaces.
Sin pretender politizar el asunto, pero sin esconder una verdad que supera cualquier interpretación: Si los gobiernos de la Concertación aprobaron la instalación de 102 plantas termoeléctricas (Frei Ruiz-Tagle aprobó 21, Lagos 39 y Bachelet 42) quedaba claro que su opción era ese tipo de generación eléctrica, la más cara, la más arriesgada y, lejos la más contaminante. Y, a la vez, este gobierno pareció preferir la hidroelectricidad, más barata a largo plazo, menos riesgosa y harto menos contaminante que la térmica. Un futuro gobierno ¿optará por la nuclear?
Pero, dejando de lado la polémica y la suspicacia, ¿qué vamos a hacer al respecto? ¿Cómo vamos a garantizar a las generaciones futuras que su calefacción va a funcionar, al igual que sus televisores, automóviles y fábricas? Una política energética, esa es la cuestión, no se hace a la rápida ni menos se ejecuta en un lapso breve. Se requiere de largos años de estudio y décadas de implementación. Y, especialmente, requiere de definiciones claras, decisiones firmes y respaldo amplio. Pero, tal parece, nada de eso tenemos hoy. Por ello, temo que la pobreza del futuro, la carencia de energía, habrá de acompañarnos por más tiempo del que quisiéramos.