El Centro / Opinión

El triste campo chileno

Sergio Casanova-Machado | Fecha de Edición: 11-06-2012

 

El relato del campo chileno podría ser el de una esclava que no logra emanciparse de su realidad agreste, y eso es una bofetada directamente a una región como la del Maule, “fuertemente” agrícola; el campo chileno fue el sector que quizá más demoró en dejar la estructura feudal que poseía hasta hace unos 30 años, y todo gracias a las reformas agrarias impulsadas, primero de forma tímida por Jorge Alessandri de la mano de la “alianza para el progreso” reforma dirigida por Estados Unidos para “detener” el avance del comunismo en América, después siguió un poco más fuerte por la “Revolución en libertad” de Eduardo Frei, y finalmente siguió una profundización más audaz de la reforma en el gobierno de Salvador Allende. Derecha, centro e izquierda, tenían algo en común, quitar predios agrícolas fértiles pero que no estaban siendo explotados, millones de hectáreas que poseían unos pocos dueños, y que además no eran trabajadas, mientras por el contrario, muchos campesinos sin tierra trabajando de jornal y con sueldos y condiciones miserables.
El movimiento campesino nunca ha sido fuerte, comparado con los trabajadores de las mineras, del Estado, entre otros, “nada más triste que la suerte del campesino” se escribía el siglo pasado, y la pobreza se reproduce, los hijos del campesino dejan la escuela y deben ir a trabajar para ayudar en sus hogares, ¿relatos del siglo pasado? Si bien las cosas han mejorado, todo ha sido para mantener de momento tranquilo a los campesinos, un trabajador del campo que trabaje en un fundo gana aproximadamente 180 mil pesos, ¡qué alcanza con eso por favor!
Pero la suerte de los agricultores no es mucho mejor, muchos trabajan de “sol a sol”, en sus cultivos o “chacras” como los llaman, para que finalmente vendan sus hortalizas a los intermediarios a un precio de nada, y luego éstos especulan y se enriquecen. La realidad de los agricultores es la siguiente, se pide un préstamo a una cooperativa o a Indap para comprar semillas e insumos, luego arriendan maquinarias para sembrar, luego trabajan incansablemente para cuidar el cultivo, una vez que se inicia la cosecha hay dos opciones, les puede ir bien y parte de esa ganancia va dirigida a pagar a los que cosechan, luego el transporte de las hortalizas y finalmente los créditos. Eso se podría llamar “golpe de suerte”, pero esos golpes duran lo que dura el pago del crédito, y la otra opción es todo lo anterior pero recibiendo cero utilidades y además endeudados.
El agricultor ya agobiado deja la agricultura y va hacia los fundos para que por lo menos tenga asegurados esos 180 mil pesos, luego le dice a sus hijos “no se queden en el campo”, y sigue el sacrificio para lograr educar a sus hijos, que más tarde recibirán una educación de pobres, para ingresar a una universidad o instituto que se vuelve millonaria con el dinero del arancel y matrículas, para que finalmente termine trabajando en algo que no estudió, con menor sueldo del que esperaba y muchas veces volviendo a la realidad ruda del triste campo chileno.
Este es un llamado para salvar al campo chileno, de donde vienen nuestros dichos, costumbres, buena fe, promover la sindicalización campesina, subsidios directos a los campesinos en situación de pobreza y endeudados, y regulación del proceso de venta de los productos agrícolas, ya que con lo que produce el campo chileno podría alcanzar para alimentar a todos, en momentos en que comprar verduras en el almacén es casi un lujo.

 

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