El Centro / Opinión

Escalafón intelectual

Rubén Sanhueza G. | Fecha de Edición: 22-06-2012

 

Tanto en la actividad pública como en la privada existe un escalafón del personal que en ella labora. En la primera el escalafón es sagrado y no puede pasarse a llevar por motivo alguno. Más estricto es en los Institutos armados en donde hasta la antigüedad constituye grado y el más antiguo tiene el mando de un grupo en situaciones determinadas. Igualmente sagrado es en el Poder Judicial y sus miembros son sumamente celosos exigiendo el respeto estricto a la jerarquía. Así, el tratamiento de los ministros supremos es el de excelentísimo señor; el de Corte de Apelaciones es ilustrísimo señor y los jueces son señorías. Cierta vez mi secretaria hizo un escrito para presentar en la Corte de Talca y en una de las varias oportunidades en que debía emplear su tratamiento abreviado como US.I. (Usía Ilustrísima) se le escapó la “I” y el presidente me lo devolvió para que le diera el tratamiento que el código exige. Eso era más importante que lo que yo pedía a nombre de un ciudadano.
Tomo la idea del desaparecido juez Samuel Gajardo para decir que en todas las actividades hay profesionales sobresalientes, mediocres y malos. Los hay médicos, ingenieros, profesores, abogados muchos sobresalientes y otros malos. Don Samuel se preguntaba si los señores ministros de Corte ¿serán una excepción? Porque los abogados que alegan ante ella dicen: “Me tocó una Sala buena” cuando  les conviene, o al revés, cuando se conoce la opinión del ministro sobre una materia determinada. Los jóvenes abogados (y también los viejos) reclaman al término de la audiencia cuando, después de haber estructurado un alegato al parecer elocuente, un ministro los interrumpe y les pregunta algo que les desarma lo que tanto costó hacer.
Un notario en Puerto Montt nos explicaba que cuando un juez era nombrado ministro era tocado con la espada de la sabiduría y la infalibilidad. Agregaba que siendo juez podía ser llamado a terreno por la Corte y revocársele sus fallos con duros comentarios; pero pasaba a ministro y automáticamente, aunque con las mismas ideas y conocimientos, era ya infalible.
El nuevo sistema procesal penal, en uno de sus gruesos y más notorios errores creó la dinastía de los jueces infalibles, porque en contra de sus resoluciones o sentencia no se admite el recurso de apelación. Ese por el cual se luchó durante la revolución francesa y se vino a conseguir tras cruentas batallas verbales. Ese recurso que permite que una sentencia sea revisada por un tribunal superior en experiencia y conocimientos, murió en Chile en el procedimiento penal. En cambio, se creó el recurso de nulidad contra esa sentencia; pero allí solamente se revisa si se cumplieron los plazos, los requisitos, si se citó el artículo infringido, en fin; pero no se entra al fondo. No se revisa el acto soberano de hacer justicia porque esa parte ya la vieron los jueces infalibles. Lo que ellos dijeron es la pura y santa verdad. Y no hay más. (Aunque, como se ha sabido, con ese sistema se condena a algunos inocentes y se libera a algunos culpables. Y se hace justicia a los demás).
Por eso se habla de la existencia no reconocida del escalafón intelectual, en donde se valoran los conocimientos jurídicos, el respeto hacia el profesional y el tiempo en que se demora redactar la sentencia anhelada. Ambos escalafones no siempre andan a la par.

 

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