El Centro / Opinión

Los vecinos de al lado

Roberto J. Gómez | Fecha de Edición: 26-06-2012

 

Si un vecino es alguien que  vive relativamente cerca de otro. Que tiene proximidad geográfica. Si además está vinculado por parentesco, pertenencia, cercanía de ideales, quiere decir que en el último tiempo- invierno mediante-  han partido demasiados vecinos. Se llamaban y se seguirán llamando Juanes del mundo, Orlando del Maule, Antonios del Mataquito, Enriques andariegos, y pequeñas Marías de la piedad y la pobreza. 
La cercanía se evidencia por el dolor que causa la partida. Por el temor a averiguar qué se esconde más allá de la vida.  Si ellos son hermanos, hijos, y concuñados de los que han partido, el dolor se multiplica y nos deja meditando, por los que quedan, y por los que partieron.
Nadie se muere en la víspera, dice el dicho, que lleva al hecho.  Cada día que amanece, ya tiene una víspera. He descubierto que las esperas,  prolongan los dolores y   también las esperanzas,  que nunca se acaban. Nos cuesta hablar de la muerte porque cuando jóvenes,  la vemos muy lejos. Porque cuando afecta a nuestros familiares, algo se rompe en nuestro interior, que  a veces asoma con un brillo salobre y claro. Lo sabemos porque hemos bebido la pena. Nos cuesta también, porque la muerte es un espejo,  que nos obliga a mirarnos  en él y ver algo,  que no queremos ver.
La semilla debe morir, para que nazca la vida…  Lo recordé el sábado junto a curadores de semillas y cuidadores de la vida. El otro nombre de la biodiversidad.  La ceremonia del intercambio de semillas, en la víspera del Año Nuevo indígena,  tenía mucho de  cuidado y de devoción. De gente que venía de muchos lugares de Chile,  en nombre del  hombre, a decir una palabra de defensa del hombre, y por tanto de la vida. Pequeñas vidas como las pequeñas semillas, que le hacen frente a ese tremendo murallón del negocio de la alimentación, que reduce la hermosura y la ternura, a un frío manejo del arroz, del maíz, la soya, y que además no resuelve  el problema del hambre, sino más bien acrecienta la riqueza de quienes las manejan. Ojala, que no desaparezcan las semillas, que representan el sueño del mundo, para  que desaparezca el hambre y el miedo. Y eso sucedió en Sagrada Familia.
Afuera en medio del frío y las sombras grises del invierno. Alrededor de un canelo los representantes del pueblo mapuche invitaban a sumarse, lo que por cierto hicimos, a la ceremonia del  Wetri Panthu, la celebración del Año Nuevo Indígena. Allí bajo los árboles grandes con brotes nuevos, proclamamos la renovación de la naturaleza, que es la renovación de la vida, y que además nos dice con verdad ejemplar, que la muerte no existe.
La tierra aplasta el cuerpo, pero el alma vuela. Y se pasea en la vida de los que tienen las mismas razones para vivir, las mismas enseñanzas. Se muere y no se muere nunca. Como los poetas y los poemas que nunca desaparecerán de la memoria de los hijos y los hijos de los hijos. La muerte parece ser un alto en el camino, como los que hacen en el campo, para que la gente descanse, hasta el siguiente anuncio. ¡A la caridad, a la caridad, que Enrique se nos va!
Me gusta recordar que los que están cerca de mi tiempo prestigiaron los valores del juicio antiguo. El prestigio, la rebeldía, la justicia. Algunos compartieron celda y castigo. Guardaremos su palabra y su figura. Y honraremos su memoria por siempre. Porque la vida está tan cerca de la muerte, como la muerte de la vida. Hoy y mañana nos seguirán saludando desde la otra vereda, con una sonrisa y un gesto de infinito compañerismo.

 

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