El Centro / Opinión

Lecciones del año

Horacio Hernández A. | Fecha de Edición: 02-01-2011

 




Celebramos ya el inicio de 2011. El año concluido deja a nuestras espaldas profundas heridas. Se abrió el Bicentenario con el cataclismo que mostró en todas su crudeza nuestra vulnerabilidad. Sobre todo, cuán precarias son aún las instituciones del país cuando se trata de afrontar los embates de la naturaleza, que hacen parte de nuestra historia. Quedaron al descubierto los desequilibrios e inequidades sociales, la pobreza y la desprotección de compatriotas que ven cómo los planes y programas de autoridades, se diluyen en medio de una cadena burocrática ineficiente, haciendo más grave el desamparo.


Para el gobierno de Sebastián Piñera y la Alianza que lo sustenta, el terremoto fue un gran desafío que cambió radicalmente las prioridades. No obstante, la administración del Estado, aunque organizada con la “excelencia” y los “mejores”, no pudo demostrar celeridad para la realización de obras en directo beneficio de la población siniestrada. Los olvidos y las postergaciones hicieron que damnificados levantaran su voz reclamando. El desastre cobró vidas humanas, arruinó proyectos e ilusiones, y dejó, sobre todo, en la calle a familias enteras que han debido soportar condiciones de emergencia e inseguridad.  


Por otra parte, las circunstancias del desplome de la mina San José en Copiapó, con los 33 mineros bajo tierra, volvió a revelar en qué circunstancias de trabajo muchos connacionales deben luchar por el sustento de sus hogares. Aunque hay industrias mineras que poseen serios estándares de seguridad, es innegable que el trato y la calidad laborar no sólo en las mineras, sino en general en muchas empresas, lamentablemente es denigrante. Más aún por los contrastes de las ganancias entre los trabajadores, directivos y dueños.


Aunque el rescate de los mineros fue una gran noticia para Chile y el mundo, motivo de legítimo orgullo, lo triste fue su excesiva exposición publicitaria, haciendo de una tragedia humana un espectáculo. La excesiva preocupación por la imagen, hizo que la “famosa” Fénix 2, recorriera el país como trofeo, me imagino, con un costo nada bajo, para sostener una propaganda y tocar la fibra sensible de la gente.


Para colmo, el incendio de la cárcel de San Miguel, desnudó por enésima vez -pero ahora con la vida de 81 internos-, las ignominiosas formas de vida en los penales que Chile conserva. A pesar de  las denuncias insistentes que venían por años, la clase política no ha demostrado interés alguno porque la población penal cumpla con dignidad humana la privación de libertad. El presidente de la Corte Suprema, Milton Juica, dijo que lo ocurrido allí "hirió profundamente nuestras conciencias de jueces". Pero esa herida es del país, acostumbrado cada vez más a tener grupos de la sociedad completamente marginados.  


Finalmente, estos hechos ilustrativos, se agravan en regiones. En efecto, para Santiago casi ya no existe el terremoto y sus consecuencias. La zona afectada, no posee un plan general de reconstrucción. Hay visitas del Presidente y ministros, con anuncios, entregas de casas, promesas. Pero, está pendiente que las autoridades regionales tengan reales facultades y recursos para dar respuesta a las necesidades. A fin de cuentas, es insoportable la dependencia administrativa, política y económica de la capital, la que deja en postración a las provincias. Los intereses de poder y de capitales centralizados, son muy grandes. Parece ser que el estatus quo da muchos dividendos.


Esperamos que del año pasado saquemos lecciones; y que al iniciar el nuevo, desde las mismas flaquezas, surjan iniciativas que nos hagan crecer en oportunidades y un desarrollo integral. En paz y justicia.

 

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