Es buena la catarsis colectiva y la autoflagelación, si esta nos conduce a mejorar los niveles actuales, opina el economista Germán Lobos. Nos falta hacernos respetar más y recobrar la palabra de caballeros y el espíritu emprendedor, dice el vicepresidente de la cámara de comercio de Talca, Sergio Manzor.
En los años 40 y 50 del siglo XX empezó la decadencia talquina que se arrastra hasta hoy en las estadísticas de desempleo e incluso en las encuestas de confianza. No somos acá el futuro de Chile, dice Roberto Méndez de Adimark. Somos reyes en tiempos del DICOM y la tarjeta plástica; “…el tuvo mucha plata y alcurnia” se instala con más fuerza cuando las cosas andan mal y se vive de un recuerdo digno de imitar en la potente desolación de los tiempos que corren.
“Como región abastecíamos al país, cuenta Sergio Manzor, había prosperidad económica que aprovecharon muy bien nuestros antepasados trabajando duro, siendo muy serios y muy responsables”. Porque en ese tiempo aún valía la palabra de caballero, opina el empresario de origen humilde que creció en los campos y luego logro remontar la adversidad. “Porque los tratos se hacían con un apretón de manos, asunto que era más seguro que un cheque o una letra”. Es que según él, fueron las familias talquinas más opulentas y normalmente numerosas las que dieron este empuje para que sus descendientes se aprovecharan comenzando a vivir relajados y “el esfuerzo, que era el principal motor de desarrollo, se fue dejando de lado”. El diagnóstico de Manzor es concluyente: “entonces crecieron los niñitos bien dándose la gran vida, y empezó la falta de sacrificio hasta llegar a una etapa en que venía la repartición de los bienes en una familia que no sabía qué hacer, que no había trabajado duro y empezó esta decadencia, los grandes predios agrícolas dejaron de producir, estos también pasó en algunas industrias”.
Un antecedente directo de la decadencia está en la novela El Tapete Verde, recientemente reeditada por la Editorial de la Universidad de Talca. Escrita en 1910 y con una segunda versión en 1934, relata la trágica y desenfrenada historia de Max Blanco, un acaudalado joven santiaguino que en castigo es enviado a Talca para hacerse cargo de la hacienda El Cerro. Acá conoce el amor, pero también la feroz adicción por el juego. Es en los salones del Club Talca donde lo pierde todo hasta terminar sus días empobrecido y alcoholizado, víctima de su propia desgracia en un cuchitril de calle Dos Sur. Quien escribe es el famoso doctor Francisco Hederra Concha, bajo el seudónimo de Julian del Claro, explícita alusión al río que corre a espaldas de la orgullosa capital maulina.
Era evidente también, según Hederra Concha, que para sacar a Talca del atraso fue imprescindible enrostrarle su flojera: la catarsis y vicio -aunque viniera de un libro que algunos calificaron de moralista- despertó la polémica e incluso un calificativo inusual. El Tapete Verde fue considerado el libro “maldito” y una especie de estigma que aún pesa como una espada sobre la ciudad.
SACRIFICIO EXTRAVIADO
“Está latente entre nosotros que el muchacho nuevo hoy día no tiene un gran espíritu de sacrificio”, insiste el vicepresidente de la Cámara de Comercio de Talca. “Es un hombre que vive de las facilidades que le da la tarjeta de crédito, soñando con los grandes logros y eso nos lleva a una juventud muy débil para enfrentar el futuro”.
Fue a Manzor al que se le ocurrió la campaña, “Prefiera el comercio talquino”, asunto que no ha sido grato, porque mucha gente ha dicho: “oye, estás haciendo el ridículo si esto no lo cree nadie… y estoy de acuerdo que es difícil, pero si no creamos conciencia, vamos a cerrar todos… el comercio le da trabajo en Talca a un 50 por ciento de la gente y si ese porcentaje está sin trabajo, ¿quien va a comprar a las grandes tiendas?”.
Manzor responde a la encuesta Adimark que nos sitúa como la región con pero futuro de Chile.”Esa es una encuesta, hay otra que dice que la región donde están puestos los ojos de la inversión extranjera es el Maule, como prioridad, a la cámara de comercio nos llegó el mapa chileno de interés extranjero donde está muy clara esta región, tenemos posibilidades con la madera, el vino, e incluso con esta agricultura muy limpia, muy sana que puede ser un gran boom de exportación. Hay pequeños hortaliceros que en gran cantidad están exportando. Nuestra región tiene capacidades, pero demasiada gente que no sirve para nada, que no está educada, que no tiene formación…”.
Talca ha sido siempre una zona de hombres responsables, serios y honorables, dice, “es hora de decir las cosas por su nombre y hacernos respetar…”.
PASADO ESPLENDOR
El historiador Jaime González Colville también apunta sus dardos. “Siempre he creído que es en las grandes crisis cuando las personas, las instituciones o las economías demuestran su fortaleza”, son estas potencialidades –y las consiguientes debilidades– las que los estrategas modernos evalúan como índices de capacidad, de sustentabilidad de los procesos”. Tiene confianza en que Talca puede levantarse y llegar a los niveles a los que subió.
Talca se industrializó afines de siglo XIX y fortaleció esa tendencia a lo largo de la pasada centuria, explica. Su rubro era tan variado como exclusivo: calderas de locomotoras, alpargatas, cuero, galletas, chocolates, clavos y alambres, géneros y sombreros. En muchas de estas producciones abastecía sobradamente a gran parte del país.
Este poder económico tuvo pruebas notables: para la inauguración del Teatro Municipal, en 1875, se trajeron lámparas de y ornamentos de Europa, “y como se dice en estos días, nadie se fijó en gastos”. Las familias patricias hicieron suculentos aportes. Se dijo que la magnificencia del recinto superaba a su homologo de Santiago. La agricultura también florecía y con ello la influencia política. Las asambleas nacionales de los partidos liberales y conservadoras se efectuaron, en varias oportunidades, en Talca.
González Colville aporta un dato contundente: cuando llega el ferrocarril a Talca, en 1875, los industriales locales compran cien carros y cuatro locomotoras para trasladar sus productos. “No sabemos si hoy sería necesario esa cantidad de transporte”.
EL BANCO TALCA
Otra muestra del poderío extraviado fue la fundación del Banco de Talca en 1884. Según antecedentes del historiador, su capital parte con diez millones de pesos oro y para tener un rango de comparación, cuando se establece su similar de Constitución, en 1907, el capital no alcanza los doscientos cincuenta mil pesos. El respaldo del banco talquino, cuyo último gerente en la década del ochenta fue el empresario Sebastián Piñera, equivalía a un tercio del erario nacional. Pronto sus sucursales se ampliaron a varias ciudades. Incluso colocó ventajosos bonos en instituciones extranjeras. El Talca desaparece con la intervención de la banca chilena en 1982 pasando a manos hispanas y convirtiéndose en Centro Banco como lo registra el diario La Mañana.
“A partir del siglo XX Talca era casi una ciudad capaz de autoabastecerse: cigarrillos, fósforos, fideos, papel, imprentas y otros productos movían una economía de notable integridad. La cesantía era nula, aún cuando los líderes locales se negaban a legislar en materias sociales”, sostiene el historiador de Villa Alegre. Los votantes sufragaban a favor de la misma elite que los marginaba de progresos elementales como escuelas, leyes sociales, salario justo o habitaciones dignas. “El caldo de cultivo para las ideas socializantes estaba en su mejor maduración”.
La cuasi revolución de 1906, - cuando en Santiago se repartieron armas entre los jóvenes de las familias acomodadas para “defender la libertad” – y la crisis económica que derrumbó el gobierno de Ibáñez en 1931 casi no se notaron en Talca. Legiones de cesantes de las salitreras del norte encontraron un puesto de trabajo en viñas, bodegas o industrias. Pero Talca no evolucionaba. Los empresarios no advirtieron los cambios que se colaban desde el extranjero. Las calderas de locomotoras fueron siendo cada vez menos requeridas ante el avance del diesel. La fábrica de papel optimizó sus costos, lo mismo que los fósforos o el cuero.
EL DESPEÑADERO
Talca empezó a perder poder político. En 1939 Aguirre Cerda casi ganó en esta ciudad. “De ahí en adelante conservadores y liberales retrocedieron”, cita Jaime González Colville. Guillermo Donoso Vergara lograba sólidas votaciones porque su capacidad oratoria encantaba a derecha e izquierda. Allende, en 1970, logró una impresionante votación.
“Si Talca superó holgadamente las grandes crisis del siglo XX, era un secreto a voces que no salvaría la violenta conflagración económica de los años 80. El Banco de Talca fue a dar al despeñadero. El gran capital de industriales y comerciantes que lo sostuvieron en pie durante casi un siglo, falló sin remedio ante la gran reconvención de esos años. Desde luego, la entidad talquina no estuvo en la lista de las instituciones a que el Banco Central les tendió la mano. ¿Quién iba a responder?
Nada queda de la industria solvente y casi monopólico de los años cincuenta. Nadie les explicó a los empresarios talquinos lo de la libre competencia y las importaciones. Conocí, una vez en Villa Alegre a un antiguo viñatero que guardaba sordo rencor contra cierta asociación de viticultores talquina de los años cuarenta que, en esa época, le habían hecho botar parte del vino para mantener el precio.
En algún momento de su rutilante historia económica, Talca se olvidó que no vivía en una isla.
EL DECISIVO PUERTO EN CONSTITUCIÓN
Según los archivos de la biblioteca nacional, fue en la década de 1840 cuando todo el sistema agrícola de la cuenca del Maule experimentó un período de expansión como resultado de la apertura de mercados de exportación para los trigos chilenos. Así, Talca emergió como la cabecera administrativa y el núcleo poblado más importante de una región especializada en la producción de cereales, que contó con un expedito acceso a los mercados exteriores gracias a la presencia del puerto de Constitución, comunicado fluvialmente con los productores y oceánicamente con los consumidores. El auge triguero estimuló el incremento de la población, el mejoramiento de la infraestructura y la ampliación de los servicios urbanos. Otra actividad que adquirió relevancia fue la vinicultura, primero para el consumo interno y más tarde para la exportación. En la ciudad, que en 1873 quedó conectada con la red longitudinal de los Ferrocarriles del Estado, floreció un dinámico sector comercial y se instalaron numerosos molinos para el procesamiento del grano.
Sin embargo, la prosperidad económica fue efímera y la decadencia prolongada; aumentando la migración desde los espacios rurales e impidiendo un mayor desarrollo urbano de la ciudad, que se caracterizó por el tono bucólico y provinciano de su vida, la que sólo fue remecida por el terremoto del 1 de diciembre de 1928. El sismo no sólo dejó a Talca en ruinas, sino que además la privó de volver a acceder a la relevancia que alguna vez tuvo entre las principales ciudades del país.
GRANDEZA PERDIDA
La Fábrica de Catres S.A. de propiedad de la familia Parot Smith se ubicaba en Dos Sur entre Dos y Tres Poniente en 1920, sitio en el que también tuvieron una fundición, sostiene el profesor Jorge Valderrama. “Como entonces las marquesas las cromaban en Santiago, en la década del sesenta se instalaron definitivamente en la capital con su fábrica y nació la actual CIC (Compañía Industrial de Catres). Posteriormente vendieron su fábrica y se instalaron con motores Sterling y bombas de agua Yacuzzi, las que fabricaron hasta los años setenta.
La Fábrica de Galletas de Federico Weston -en Uno Sur esquina Ocho Oriente, actual Falabella- vendía galletas partidas en cambuchos de papel y las afamadas galletas de agua antes de 1928, fue Teodoro Lorenzini quien compró Weston”.
La Compañía de Catres de González y Rodríguez -duró poco tiempo- erigió su galpón tal cual está ahora en Uno Norte Cinco Oriente que en la década del sesenta fue adquirido por la municipalidad y acondicionado como gimnasio.
La Compañía de Fósforos -inicialmente en Uno Oriente Seis y Ocho Sur, donde actualmente está Talca National- deslindaba con el canal Piduco. Tenía sus oficinas comerciales en Uno Oriente con Seis Sur. La fábrica se incendió en la década del veinte, era de capitales suecos que después compraron en la alameda entre Ocho y Diez Oriente en la década del treinta. Posteriormente fue adquirida por Cardoen, y luego vendida como sucedió la fábrica Calaf actualmente en manos del grupo Lucksic.
Detrás de la Tercera Comisaría de Carabineros -Alameda con Dos Poniente- existió una Fábrica de Papel entre 1930-1940, de la cual queda parte del inmenso galpón que albergaba la instalación. El monopolio santiaguino de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones la compró y acabó con su mercado. Ricardo Schorr entre 1950-1955 trajo maquinaria moderna desde Alemania para mejorar la calidad del papel, diversificar la producción y agilizarla. Desde Santiago -Puente Alto- la CMPC autorizó esta modernización, siempre y cuando fabricara lo que hasta hoy producía en cuanto a calidad, cantidad y variedad; no aumentar ni variar este estándar "acordado" ni incluir otras derivaciones de la celulosa.