Los candidatos han mantenido ocupado a nuestro buen Buenaventura. Unos porque quieren adelantarse al juicio electoral, otros porque no quieren pagar a los adivinos, ni a los tarotistas, ni a los encuestadores.
Sabedor de su espíritu cristiano, trato de tentarlo con la historia del Padre Luis Letsch, sacerdote luxemburgués que valoraba tanto el tema de los compadres, que había empezado a escribir una pastoral sobre el tema. Falleció antes.
Si no se ha escrito, es porque no ha tenido mérito suficiente el tema, dice con desgano.
Benjamín Vicuña Mackenna escribió sobre él, digo.
Ha de saber usted que escribió 160 volúmenes, sin contar los artículos sueltos como los que usted escribe, dispara sin mover un músculo y ni siquiera sonrojarse.
Hago como que no he sentido el golpe. Continúo...
Como las telas en serie han reemplazado a los cortes ingleses en la moda, así ha cambiado también el complemento que rodeaba a los nacimientos, digo. Antes los seres humanos venían al mundo a través una seria y deslumbrante pirotecnia. Ahora son simples números y huellas que nacen y se registran a veces...
¡Cuándo hacen algo inusual, o atroz en la historia! Agrega, como prueba que escucha.
Atrás ha quedado la costumbre de pedir el vientre, como se llamaba la solicitud, de la preferencia para el importante y codiciado parentesco de los compadres. Digo.
Lo común era elegir a los compadres entre gente de buena posición. Adinerada en la medida de lo posible, como dice un amigo suyo, bromea Buenaventura. Recordará usted, continúa, la vieja costumbre del padrino cacho, que lanzaba monedas por los aires que se disputaban los jovencitos y los pilluelos, que hacían turno en las iglesias.
Preferentemente la elección favorecía a quien pudiera efectuar las labores de padre espiritual, en caso necesario. El padrino era entonces un título de nobleza y de respeto. La madrina un nombre de consuelo y acogida, recuerdo.
Tanta importancia tenía el acontecimiento que se acompañaba de fiestas donde se tiraba la casa por la ventana. Entre azafates, dulces, encintados y adornos, el ahijado recibía la codiciada propina que se escurría entre los pliegues de la elegante vestimenta de la niña o el traje bien planchado del niño bautizado, señala observador Buenaventura.
El padrinazgo del séptimo hijo varón por el Presidente de la República es lo que va quedando de la significación casi real que antes tenía el bautizo, apunto.
Buenaventura recoge el pasado, diciendo. Los nombres de los bautizados han caminado con los tiempos y poco y nada queda de esos nombres combinados de varón y mujer que buscaban la pareja de guardianes que cuidarían el futuro del infante. Proliferaban los José María, los José del Carmen, o las María José.
En alguna parte del baile nos perdimos. Y empezamos a confundir a los compadres con los compadritos de tugurio de puerto y a las madrinas con la comadre Lola, que acompaña a la patá y el combo.
Y en alguna parte comenzaron a declinar los rasgos nobles por lo vulgar de los compadres paleteados o los delitos abortivos de las comadronas.
Hoy los verdaderos padrinos tienen más de diablo que de santos y están emparentados con la coca y el poder. Los ahijados tienen poco de niños y más de aniñados. Las ahijadas buscan el amparo de unas madrinas que viven en casas donde reina la desgracia y lo que queda no tiene significación. Los ahijados se van quedado sin padre ni madre, ni perro que les ladre.
(*) Periodista