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Preguntas y respuestas

De: Osvaldo Valenzuela Berríos - Publicado el 31 de Marzo 2016

Un conocido intelectual comentaba en su artículo las preguntas con que suelen sorprendernos los niños. Algunas de ellas capaces de enmudecer a las mentes más eruditas.

Su reflexión discurría en torno a una de aquellas. Interrogación sencilla pero al tiempo esencial y tremenda ya que apuntaba al sentido de la vida: “¿Para que vivimos si al final todo terminará?”.

En un “mundo pauteado y de respuestas estándar”, como describía el autor, resulta inútil pensar la contestación a esta interrogante, nacida del original e inocente impacto de un niño con la realidad, intentando ordenar nuestros prejuicios de adultos. Es inútil en este tema recurrir a argumentos positivistas. Tal tentativa, por definición, produciría dictámenes enajenados de la experiencia que, a ojos infantiles, nos harían ver como tales.

A un cierto punto de nuestra historia posmoderna la pregunta sobre el sentido de la vida pareciera haberse resuelto de forma negativa o relativista, pero la candorosa y exigente curiosidad de los infantes y nuestra infrecuente reflexión sobre el tópico nos invita periódicamente a replantearnos la interrogación…

Una buena actitud para ensayar una respuesta sería descender (o tal vez ascender) al nivel de los niños. A diferencia de los adultos, en ellos prevalece la exigencia de razones que correspondan más al corazón que a fríos razonamientos.

Así, por ejemplo, en Semana Santa, miles de pequeñuelos, sin conocer razones teológicas y bajo la sabrosa promesa de huevos y conejos de chocolate, aguardan el domingo en que Cristo, y con él la humanidad entera, pasó de la muerte a la vida.

Del mismo modo, la respuesta sobre el sentido de la vida; exigencia original de los corazones sencillos; contestación largamente esperada a través de los siglos, se reveló en una forma que contradijo la razón de los adultos, escandalizando a los teólogos e intelectuales de entonces: aquel esquivo y misterioso reclamo entró en la historia, no como una teoría abstrusa inaccesible para los ignorantes, sino como un niño nacido en un pesebre, que vivió como pobre, enseñando con palabras sencillas, y franqueando al hombre el camino de su liberación definitiva, no por la fuerza, sino por medio de su muerte en la cruz.

Al nacer dividió la historia en un “antes” y un “después”; al resucitar cambió la historia de la humanidad para siempre.

¿Podremos descender (o ascender) al nivel de los niños para escuchar y verificar lo que nos dice?

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