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Trato degradante a mechones

De: Adriano Améstica - Publicado el 01 de Abril 2016

Resulta importante saber, conociendo la serie de actos violentos y ultrajantes que realizan estudiantes universitarios teniendo como víctimas a quienes recién ingresan a los establecimientos de educación superior, cuáles son las medidas que estas mismas entidades, sus autoridades en rigor e incluyendo a los dirigentes estudiantiles, deberían tomar para promover y contribuir a una convivencia civilizada propia de personas que ya por el solo hecho de llegar a una universidad, tendrían la obligación de demostrar —puesto que se las supone educadas—, con un comportamiento socialmente aceptable.

Ahora, si la normativa de convivencia existe, suponiendo buenamente que así sea, la pregunta inmediata es por qué no se procede en consecuencia, y la comunidad universitaria toda se ajusta a ella, y no queda en tela de juicio la reputación de la universidad misma y de sus autoridades. Porque si poco o nada se hace para frenar hechos que, y no es aventurado decirlo, vistos desde cualquiera perspectiva son repudiables, podríamos estar frente a una actitud de tolerancia e incluso de complicidad que no asume los riesgos de continuar aceptando una mal llamada “tradición”, que si lo fuera, la única posición razonable al respecto, sería la de acabar con ella de raíz. Tanto más si los hechos repudiables ocurren al interior de los recintos universitarios.

Yendo todavía más al fondo del asunto, surgen, además, otras posibilidades de análisis, que podrían ser interesantes desde el punto de vista, por ejemplo, de los derechos humanos, desde el momento en que estudiantes, lejos de practicar la fraternidad y actuar en razón y conciencia, cometen abusos, atentan contra la seguridad de sus iguales, los someten a vejaciones, a tratos crueles que implican servidumbre, que atemorizan y resultan inhumanos y degradantes, y antidemocráticos. Y todo ello impune y cobardemente…

Si se da el caso de estudiantes heridos —que los ha habido al tratar de escapar o intentar defenderse—, o psicológica y emocionalmente afectados de manera severa por el maltrato, ¿quién asume la responsabilidad?, ¿alguien se hace cargo de las probables secuelas? ¿A los padres y familiares de estudiantes universitarios, nos otorga alguien certezas por su seguridad mientras asisten a clases, o quedamos librados a la incertidumbre diaria, equivalente a la que opera en una jungla, donde los más fuertes imponen su ley por la fuerza?

Hay que reconocer, en torno a este tema, y para ser justos, que también existen universidades en nuestro país donde se ha evolucionado hacia una actitud pacífica, de beneficio social, grata, fraterna, para nada intimidante, al recibir a los novatos. Ojalá, acá en Talca, las autoridades universitarias competentes, impulsen medidas para erradicar definitivamente toda práctica que implique violencia y que, por lo tanto, atente contra una sana convivencia en ese ámbito.

Aspirar a un clima donde primen el respeto a la persona humana, sin discriminaciones de ninguna clase, sin exclusiones odiosas, será siempre un imperativo primordial que como sociedad no podemos nunca perder de vista, y las universidades y sus estudiantes deben aportar aquí responsablemente lo suyo. El no a la violencia y sus variaciones debe ser categórico.

Y a quienes intentan argumentar en defensa de actos violentistas y disfrutan o sienten cierto agrado inexplicable al humillar a otros que no están en condiciones de defenderse o en situación de vulnerabilidad, la sugerencia si les interesa, y expresada con espíritu constructivo y sin ánimo de ofender, es que indaguen en la psicología, empezando por Freud…

En lo personal, y para terminar, diré que llevo muy vivo el recuerdo de los compañeros de carrera que nos recibieron como estudiantes de primer año en la que fue la Universidad de Chile, sede Talca, año 1969, invitándonos a compartir la sencillez de un desayuno, donde lo más importante fueron los gestos amables y un ejemplo a seguir no empañado por el olvido…

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