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Editorial

La sana convivencia

Dadas las complejidades de las sociedades modernas, con subjetividades individuales y un incremento exponencial de vehículos motorizados, de bicicletas y, también, de peatones, se hace necesaria esta regulación.

Fecha: 12 de Noviembre 2018

Hoy, cuando el parque automotriz sube cada año de manera contundente en las principales ciudades del Maule, cuando la congestión se instala desesperante en muchas esquinas, cuando la contaminación proveniente de los vehículos motorizados comienza a ser un factor relevante que afecta la salud de las personas, es fundamental una discusión seria respecto al uso de la bicicleta.
Hay otros factores por supuesto, pero la sustentabilidad y ahorro económico que representa este tradicional medio de transporte es demasiado importante como para dejarlo solo como algo anecdótico.
Se han hecho esfuerzos. Se han construido ciclovías, se ha normado el uso de elementos de seguridad y, desde la ciudadanía, se han organizado movimientos que promueven su uso. En Talca, sin ir más lejos, es notoria la habilitación de ciclovías en diferentes puntos de la ciudad. Pero es poco, considerando el masivo uso que se le da a la bicicleta. Y no solo en Talca, sino en gran parte del área urbana y rural de la región.
Se avanza, es cierto, pero falta mucho todavía para hablar de una cultura del uso de la bicicleta. Una cultura que no se limita a la construcción de ciclovías o campañas puntuales de seguridad o utilidad de este medio de transporte.
De ahí lo relevante de la entrada en vigencia de la Ley de Convivencia Vial, que no es otra cosa que el intento por regularizar la siempre compleja armonía entre ciclistas, peatones y automovilistas (en sus diferentes variantes).
Un intento normativo que da un marco legal a una convivencia que debiera darse de forma natural entre los protagonistas. Sin embargo, dadas las complejidades de las sociedades modernas, con subjetividades individuales y un incremento exponencial de vehículos motorizados, de bicicletas y, también, de peatones, se hace necesaria esta regulación.
Claro que una cosa es la ley y otra el sentido personal de acatarla. Por eso es que es tan relevante comunicar la norma, que tiene la mejor de las intenciones, y, además, su fiscalización.
Normar la convivencia no es fácil. No asegura menos accidentes ni, consecuentemente, menos muertes. Sin embargo, es un paso importante. Ahora es el turno de la ciudadanía, de peatones, conductores y autoridades, para entender el objetivo sentido de la ley.