Carta papal

El pastor universal de la Iglesia Católica se muestra humilde y verdadero, con “dolor y vergüenza”.

15 Abril 2018   18   Editorial   Gustavo Alvarado

La carta del Papa Francisco a los obispos del país suscita alto impacto, una profunda reflexión y justificada esperanza en la opinión pública local, nacional e internacional. Para la Iglesia en Chile, este tiempo trae consigo un dolor prolongado y no resuelto todavía. Dolor manifiesto en la progresiva desconfianza y alejamiento gradual del pueblo creyente de sus pastores, en quienes ha perdido la confianza. Porque los ha podido ver, para emplear palabras del mismo papa, como “flojos” o en “palacios de invierno”, mientras la realidad dura, escandalosa y sangrante, no se enfrentaba con verdad y coraje, con amor y justicia.
Por el contrario, se hizo caso omiso no solo a los reclamos reiterados de las víctimas y de las comunidades, sino también, a las informaciones que los medios de comunicación han dado. Ha este respecto, es llamativo que el papa Francisco, agradezca “a las diferentes organizaciones y medios de comunicación su profesionalidad al tratar caso tan delicado, respetando el derecho de los ciudadanos a la información y la buena fama de los declarantes”.
También la carta invita a reflexionar. Posee tono coloquial y cercano, pero es deseo papal “que se publique”, es decir que se discuta abiertamente, puesto que los graves abusos de conciencia y de poder, así como especialmente, los abusos sexuales cometidos en el país por diversos consagrados contra menores de edad, exigen ponderar real y descarnadamente la situación.
Esto supone “discernimiento”, debido a que hubo una actuación inadecuada y negligente.
Por eso, llama el papa a los obispos a reunirse con él en Roma, con el objeto de dialogar fraternalmente “las medidas que a corto, medio y largo plazo deberán ser adoptadas para restablecer la comunión eclesial en Chile, con el objetivo de reparar en lo posible y restablecer la justicia”, dice. Todo lo cual implica pedir al episcopado chileno un desprendimiento interior y disponibilidad totales, que implicará a no dudar, cambios profundos en la conducción de las diócesis en el país, entre ellas, las del Maule.
La reflexión que a la comunidad incumbe es la de estar atentos “sin prejuicios” para que la Iglesia pueda encontrar el rumbo renovado, librándose de clericalismos y cuotas de poder exacerbados, que al pueblo de Dios ofenden e irritan, dañando con ello a la comunidad eclesial, e impidiendo que el mensaje cristiano impacte verdaderamente en la vida de los creyentes.
Por último, esta carta trae justificada esperanza. Porque el pastor universal de la Iglesia Católica se muestra humilde y verdadero, con “dolor y vergüenza”. Al acoger el informe del arzobispo Scicluna y monseñor Bertomeu, a quienes pidió “escuchar desde el corazón y con humildad” los testimonios, el papa Francisco reconoce que él mismo ha “incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Error y equivocación que tras su visita a nuestro país hizo sentir a la opinión pública y al pueblo cristiano -sin desearlo él podemos suponer-, en completo desamparo e impotencia.
Sin embargo, el coraje del pontífice para rectificar es visible en la carta. Solo se puede mirar con esperanza que las medidas que adopte tengan el fruto de restaurar la comunión de la Iglesia, asimismo, su credibilidad pública y, por último, despertar un nuevo ardor en la fe y el servicio de amor cristiano en Chile.