Convivencia vial: del “dicho al hecho”

En fin, en convivencia vial, quizás sería bueno complementar la norma con las condiciones adecuadas (...)

11 Diciembre 2018   3   Editorial   Gustavo Alvarado

Frecuentemente en nuestro país los legisladores colocan ante la comunidad normas que buscan calidad de vida, un mejor quehacer diario, y sin duda seguridad para los integrantes de ciudadanía. Estos objetivos en la mayoría de los casos tienden a alcanzarse, aunque en ocasiones pudiera quedar en la duda si la aplicación resulta tan buena.
En términos simples, es establecer que tan factible es llevar el “dicho al hecho, aunque haya bastante trecho”, y en suma “la teoría hacía la práctica”, más aún cuando por desconocimiento, rebeldía, o simplemente por desobediencia, la gente, la generalidad, hace caso omiso a lo que dispone el legislador, y a la fiscalización respectiva de la autoridad.
En este escenario son dos los ejemplos que se puede colocar sobre la mesa para que la comunidad evalúe que tan factible ha sido llevar la ley, literalmente a la calle, reconociendo que el objetivo sigue siendo la seguridad de las personas, específicamente en estos casos, de los peatones, ciclistas y motoristas.
El pasado sábado 4 de agosto entró en vigencia la modificación a la ley que establece reducciones en la velocidad de los vehículos en las zonas urbanas del país, es decir se redujo de 60 a 50 la velocidad máxima, se insiste, para todas las zonas urbanas del país.
La norma en sus primeros días fue atendida, fiscalizada, incluso motivó centenares de infracciones, pero luego se volvió a lo anterior, es decir a lo que cada conductor piensa que es prudente, considerando que para muchos el aminorar la velocidad, produce un nuevo efecto, aumentar la congestión ya existente en las calles.
La intención era y es buena, como también la finalidad de las normas consideradas en la ley de Convivencia Vial, la que entró en operaciones el 11 de noviembre pasado, y que persigue poner fin a los habituales conflictos entre automovilistas, peatones y ciclistas.
De su aplicación inmediatamente surgen interrogantes, como qué pasa con la ley en zonas en que no hay ciclovías, es decir prácticamente en todos los lugares; o cómo se le debe decir a un haitiano, también a un chileno, que no ande por la vereda contra el tránsito; o cómo inculcar la cultura del casco para quienes conducen este frágil vehículo.
Lo propio ocurre con los conductores de móviles mayores que aún no entienden que el objetivo de todo esto es la seguridad de las personas, de todas las personas.
La intención sigue siendo buena. Siempre es positivo empezar por algo. Quizás sería propicio acompañar la teoría, la norma, con las condiciones propicias para la aplicación, como generación de ciclovías, dosificación de velocidades según horarios, áreas definidas y determinadas para uno u otro vehículo, etc.
En fin, en convivencia vial, quizás sería bueno complementar la norma con las condiciones adecuadas; tal vez así no sería tan complejo llegar del dicho al hecho, a lo menos en la calle.