Educación de Personas Jóvenes y Adultas

La Educación de Personas Jóvenes y Adultas debe dejar de ser el pariente pobre del sistema. Los jóvenes que desertaron de la educación tradicional merecen una segunda oportunidad

12 Agosto 2018   4   Editorial   Gustavo Alvarado

Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en Chile un 21% de la población entre 15 y 29 años no estudia ni trabaja, son los llamados “nini”, un fenómeno ampliamente publicitado en los últimos años. Esta cifra se ubica por sobre el promedio de los países OCDE que alcanza a un 15%, dejando a Chile en el cuarto lugar a nivel mundial con más jóvenes en esta categoría.
Diferentes expertos han acotado más la descripción de este grupo, señalando que se trata de jóvenes pertenecientes a sectores vulnerables y, más específicamente aún, a mujeres, muchas de ellas embarazadas y al cuidado de hijos.
Otros conceptos que se repiten al analizar esta situación son los de baja escolaridad, deserción y trabajos informales.
Consecuentemente, Mauro Basaure, investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), define que este fenómeno tiene que ver con causas como la desigualdad, la pobreza, los bajos salarios y la falta de políticas de inserción de los jóvenes al mundo laboral.
Esta conceptualización, sin embargo, es peligrosa, ya que podría estigmatizar a los jóvenes en vez de proponer fórmulas que los motiven y espacios que los acojan.
De ahí la importancia de la labor que desarrollan los establecimientos dedicados a la Educación de Personas Jóvenes y Adultas (EPJA). Un reportaje publicado recientemente en la revista Temas de Diario El Centro dio cuenta de esta realidad, con una relevante mayoría de jóvenes que, por distintas razones, habían desertado del sistema educativo tradicional. Sin embargo, todos los entrevistados expresaron su intención de, una vez recuperados los años perdidos, seguir estudiando en la educación superior. De “nini” nada.
También, el reportaje evidenció la idea de los administradores de los establecimientos EPJA de mejorar la relación con el Ministerio de Educación, a través de políticas que los ayuden a desarrollar programas educativos de calidad, más allá de los aportes económicos que, efectivamente, con la reforma aumentaron.
Y si a esta ecuación sumamos la puerta que abrió la gratuidad en la enseñanza superior, incluidos institutos y centros de formación técnica, tenemos un escenario bastante prometedor, pero al que le hace falta una política coordinada y efectiva de parte de las autoridades educativas que promueva la EPJA.
La Educación de Personas Jóvenes y Adultas debe dejar de ser el pariente pobre del sistema. Los jóvenes que desertaron de la educación tradicional merecen una segunda oportunidad, una que les aporte herramientas efectivas para su desarrollo dentro de nuestra sociedad.