La actualidad de Gabo

Cuando la tecnología con sus redes sociales, su velocidad interplanetaria y avasallante, se levanta como ejemplo de desarrollo y progreso, los textos de Gabo –los de ficción y los periodísticos- son un llamado a no dejar de contar historias, buenas historias. Relatos que inviten a una pausa emotiva, sea del tema que sea, para recordar nuestra naturaleza humana.

06 Marzo 2017   12   Editorial   Gustavo Alvarado

90 años después, el mundo, sí, el mundo, habría de recordar los cien años de soledad de Gabo. Solitario en su genio. Multiplicado en su discurso.

Gabriel García Márquez nació un seis de marzo de 1927 en el pueblito de Aracataca, ubicado en el departamento caribeño de Magdalena en Colombia. Seguro que ese detalle influyó, como Macondo en los Buendía, en su ingenioso arte de enhebrar palabras y frases.

Todo autor tiene su historia, desde que nace hasta que muere, incluso después de muerto. García Márquez es una historia maravillosa, mágica, mítica a estas alturas, cuando sus partidarios, militantes, guerrilleros, tratan de separar las aguas. No lo quieren transformado en mito. Lo quieren cerca de la tierra para acallar las fauces de los computadores, de la virtualidad y del libremercado.

Porque si hay algo de lo que Gabo nos habla hoy más que nunca, es del poder de la palabra para contar historias. Aunque algunos pregonen que una imagen vale más que mil palabras. Y no se trata de enfrentar imagen y palabra, sino de complementarlas. Si una imagen no es otra cosa que palabras dibujadas.

Así, imagen y palabra, palabra e imagen, se mezclan en un todo sin límites ni diferencias.

García Márquez, porque a Gabo no se le entiende por separado, es mucho más que sus libros, sus crónicas, sus premios. Hoy García Márquez es un grafiti, una marcha ciudadana, un twit irreverente.

Hoy García Márquez es al periodismo lo que una buena historia a las penurias  de los medios tradicionales. Es decir, el útero, el centro en medio del océano, la luz en la oscuridad. García Márquez debe colgar, como una animita en la carretera, en toda sala de redacción, en cada página –virtual o de papel- que se enfrenta a la promiscuidad de lo efímero.

Gabo fue mucho más que Macondo. Fue un periodista de lustre, de crónicas extraordinarias y reales, de historias donde los protagonistas se muestran tan humanos que no queda otra que quererlos, con sus virtudes y defectos.

La historia de Gabriel García Márquez es la reivindicación de la palabra como ejercicio esencialmente humano.

Cuando la tecnología con sus redes sociales, su velocidad interplanetaria y avasallante, se levanta como ejemplo de desarrollo y progreso, los textos de Gabo –los de ficción y los periodísticos- son un llamado a no dejar de contar historias, buenas historias. Relatos que inviten a una pausa emotiva, sea del tema que sea, para recordar nuestra naturaleza humana.

Gracias, Gabo.