La actualidad del obispo Carlos González

17 Septiembre 2018   9   Editorial   Gustavo Alvarado

Hay figuras que se agrandan con el paso del tiempo. Más allá de la benevolencia de la mirada ante quien muere. Más allá, incluso, de la bondad institucional. Son esas personas “grandes”, de ideario, de discurso. Pero no solo de discurso. También de acciones concretas. Porque el discurso sin hechos corre el riesgo de la retórica grandilocuente que se arruma en el desván para acumular polvo.
No. La vida y obra del Obispo Carlos González Cruchaga, fallecido hace 10 años un 21 de septiembre de 2008, fue verbo y ejemplo.
Una vida que se recupera en el recuerdo de quienes lo conocieron, de quienes escucharon sus palabras y fueron favorecidos por sus acciones. Pero también una figura que se renueva en los archivos de sus libros y cartas, documentos que sirven para valorar su visión, obviamente ligada a la Iglesia Católica, pero que la supera en un sentido amplio de rectitud, ética y acción.
Y hoy, cuando la institución católica vive días complejos, el ideario de don Carlos adquiere una relevancia enorme. Él supo reconocer, antes que estallará la crisis, especialmente tras el caso de las acusaciones contra el sacerdote Fernando Karadima, que se encubaba en la Iglesia una situación de riesgo.
Expresó, por ejemplo, que “una persona afectada por la pedofilia no debe estar en el sacerdocio”. Y que “los católicos debemos aceptar humildemente que existen estos problemas”.
Propone en otra carta que “el problema sacerdotal no está en el número sino en la calidad de los sacerdotes. Al ser más exigentes tal vez habrá menos sacerdotes, pero eso ayudaría al crecimiento del laicado”. Conceptos que reitera en otra misiva en noviembre de 2002. “Nos hemos equivocado en la selección de algunos candidatos al sacerdocio. Estamos pagando esas equivocaciones y eso nos ayuda a entender que todos podemos equivocarnos”.
Y en una carta de abril de 2002 dirigida a los obispos les comenta que meses antes le había escrito al cardenal Francisco Javier Errázuriz, en ese entonces presidente de la Conferencia Episcopal, “sobre el delicado tema de la homosexualidad al interior de la Iglesia”, y en donde le advertía que “seguir arrojando tierra a este tema sin posibles soluciones y criterios comunes hace bastante daño”.
A la luz de los hechos, los conceptos de don Carlos no fueron valorados. El daño está hecho y las consecuencias, si bien algunas son visibles, es evidente que a la Iglesia Católica le queda aún un largo camino de penitencia.