La moral del cargo público

Sin embargo, más allá del cargo, urge resaltar justamente esa relación tan democrática entre el alcalde y su pueblo, en una época donde las confianzas parecen derrumbarse y la labor del político se desdibuja a niveles pocas veces visto.

12 Septiembre 2016   8   Editorial   Gustavo Alvarado

Siempre se ha dicho que de los cargos de representación popular el que tiene un perfil eminentemente ciudadano, de contacto directo con la comunidad, es el de alcalde. Un cargo donde el concepto de servicio público adquiere total sentido. Donde el nombre propio es inmensamente más relevante que el partido político, por muy militante que sea la autoridad edilicia.

Y convengamos que esta virtud del alcalde como catalizador ciudadano se agranda en comunas pequeñas, en donde los lazos se cuentan en buenos días, sonrisas y algunos minutos de charla distendida y amena a la sombra de un árbol de plaza pública.

El alcalde es lo que el cura de pueblo a sus feligreses. La autoridad se siente responsable de sus ciudadanos. Hasta llega a conocerlos por sus nombres. Los escucha y los aconseja. Les da explicaciones y les promete ayuda.

Si lo ha hecho bien, pues la reelección la tiene asegurada. Abundan los ediles campechanos, esos que hablan el mismo “idioma” que el hombre común.

Claudio Guajardo tenía muchas de esas cualidades. Un tipo sencillo y de carácter afable. Un político que entendió perfectamente cómo llegar a sus electores. Por algo iba a su tercera reelección. Los habitantes le creían y le entregaban su confianza.

Tras su muerte, de manera casi instantánea, el pueblo salió a las calles para recibir el féretro en que trasladaron su cuerpo desde Talca. En el camino la gente salió de sus casas, levantó letreros donde se despedía con congoja y expresó su cariño sincero. La iglesia se llenó en un movimiento incesante de personas, y en la municipalidad se prendieron velas y se pegaron fotografías.

Sí, Río Claro llora a su alcalde. Un alcalde de 44 años que fue presidente de la Asociación de Municipalidades de la Región del Maule. Que tenía dos hijas. Que, antes de meterse a la política, fue arquero de fútbol. Un alcalde que supo gestionar el municipio, que intuyó el potencial del turismo temático y se la jugó por vincular su comuna al popular universo del dibujante Pepo y su entrañable Condorito.

Hoy son sus funerales y seguramente la comunidad de Río Claro se volcará nuevamente a despedirlo, en un ejercicio que da cuenta de ese vínculo tan único que se da entre el alcalde y la gente que votó para elegirlo.

Sin embargo, más allá del cargo, urge resaltar justamente esa relación tan democrática entre el alcalde y su pueblo, en una época donde las confianzas parecen derrumbarse y la labor del político se desdibuja a niveles pocas veces visto.

De cara a las próximas elecciones municipales de octubre, vale la pena reflexionar sobre el real sentido de la política. Que quienes han asumido este camino entiendan que el pueblo se merece y exige respetar, ética y moralmente, la función para la cual son electos.