Lecciones tras la emergencia

Es decir, no es alarmista pensar que la próxima temporada de incendios puede ser más grave que la actual. Así la región y, en definitiva, el país, debe poner énfasis en el diseño de medidas de mediano y largo plazo

13 Marzo 2017   10   Editorial   Gustavo Alvarado

Las crisis asociadas a la naturaleza son recurrentes en Chile. Ya sea en invierno o verano, es una constante que se registren fenómenos extremos asociados a la naturaleza, todos producto del cambio climático que está viviendo el planeta, causado por la emisión descontrolada de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Todo ello, en definitiva, tiene como origen el uso de combustibles fósiles en las más diversas actividades productivas. En el caso de la Región del Maule, todo este fenómeno ha tenido expresiones concretas: la más relevante, sin duda, es la aguda sequía que por varios años ha afectado a los valles y zonas costeras.

Esta situación, sumada a las altas temperaturas y los fuertes vientos, fueron la causa principal de la generación de incendios forestales que en esta temporada arrasaron con grandes extensiones de suelo productivo. Según los últimos datos de la Corporación Nacional Forestal (Conaf), el saldo es de 287 mil 617 hectáreas.

Ello significa un incremento superior al 13 mil por ciento en relación a lo que pasó durante el verano del 2015-2016, aunque el número de incendios se redujo en un 19%. En la industria forestal, la empresa Arauco cuantificó sus pérdidas en 240 millones de dólares, debido a la destrucción de 80 mil hectáreas de plantaciones.

Pero no es lo único, porque los incendios también causaron un severo impacto en otras actividades agrícolas, como la vitivinicultura y la apicultura, cuyos efectos aún se están cuantificando por parte de expertos del sector público y privado. De igual forma, el daño ambiental es prácticamente incalculable.

En dicho contexto, resulta importante que en una mirada de largo plazo, las instituciones públicas, empresas y entidades académicas, logren reunir y consensuar sus respectivas visiones para diseñar planes y estrategias que permitan enfrentar de mejor forma futuras emergencias que puedan alcanzar similares características.

No hay que ser experto internacional para deducir que el cambio climático es un fenómeno instalado y que, de manera constante, los veranos serán cada vez más y más calurosos, sumado a los fuertes vientos asociados a la desertificación. Por su parte, los inviernos tendrán lluvias cada vez más concentradas año a año.

Es decir, no es alarmista pensar que la próxima temporada de incendios puede ser más grave que la actual. Así la región y, en definitiva, el país, debe poner énfasis en el diseño de medidas de mediano y largo plazo para enfrentar nuevas crisis como la que vivimos recientemente producto de los incendios.

Una de ellas es que si el Ejército cuenta con brigadas de combate a incendios forestales, entonces no se entiende que la Fuerza Aérea (Fach) no disponga también de sus propias unidades de combate. Ello no sólo evitaría gastos millonarios en apoyo aéreo privado, sino también permitiría avanzar en nuevas técnicas de combate.

Es por todos sabido que sólo los helicópteros de la Fach pueden volar de noche. Entonces no se entiende cómo esa tecnología no está puesta al servicio del combate a los incendios forestales, desde estas mismas instituciones de la defensa nacional. Para todo ello, se necesita diálogo y coordinación entre los actores.