Llegó la hora de hacer un balance

En el aspecto familiar, cada uno tendrá que mirar hacia atrás y ver lo que ha hecho bien o mal

31 Diciembre 2018   8   Editorial   Gustavo Alvarado

Cuando faltan pocas horas para que termine el 2018 y muchos ya piensan en vacaciones o en buscar nuevos horizontes, ya sea laborales o de estudio, es el momento de detenerse por algunos minutos y reflexionar en torno a lo que no dejó el año que se va. Y lo más importante, respecto a las lecciones que podemos concluir para no caer en los mismos errores y demostrar, con ello, que hemos crecido como personas.
En el contexto internacional, no podemos olvidar que estamos en un mundo cada vez más interconectado, donde lo que hacemos como individuos tiene impactos que van más allá de nuestro entorno directo. Allí sin duda que la principal lección es que todo lo que hagamos puede aportar a detener un fenómeno tan grande como es el cambio climático.
Pero no es lo único, porque la ciencia también nos ha enseñado que los avances en las infotecnología y la bioingeniería, amenazan con dejarnos atrás si no nos subimos al tren de estos cambios. El desarrollo de la inteligencia artificial y el uso cada vez más extensos de algoritmos de macrodatos, constituyen un desafío que debemos afrontar si no queremos que la historia nos pase de lado y seamos irrelevantes.
Allí la lección ya no es competir con las máquinas o los robots, sino que complementar nuestra labor en conjunto con este nuevo mundo automatizado que surge de a poco y que se terminará por imponer. Si alguien piensa que mantendrá su trabajo sin cambio alguno por los próximos 30 años, cualquier que sea, sin duda que se equivoca. El mercado laboral cambiará y los que no se suban hoy a esas transformaciones, se van a quedar atrás y no tendrán oportunidades.
Y en el contexto nacional, tenemos una sociedad cada vez más incrédula en sus instituciones, individualista al máximo y con un sentido creciente de que nadie le debe nada a nadie. Pero claramente no es así, porque las personas no surgen de la nada. Allí la lección es enmarcar nuestras acciones diarias en un espíritu solidario, para compartir con los demás nuestros éxitos y que, de esta forma, el crecimiento sea compartido.
Finalmente, en el aspecto familiar, cada uno tendrá que mirar hacia atrás y ver qué ha hecho bien y qué ha hecho mal, sin imporar si hablamos de padre o madre, abuelo o abuela, hijo o hija. La lección es que cuando hablamos de familia, nadie se queda atrás y nunca los sacrificios serán suficientes. Siempre habrá algo más por hacer a favor de alguien que nos quiere mucho y que no pide nada a cambio. Y, después de todo esto, llegó la hora de descorchar.