Tecnología y Navidad

Qué duda cabe de la prodigiosa inteligencia del hombre, de su inacabable capacidad para diseñar y crear tecnología. Para soñar un futuro que no deja de sorprendernos. Sin embargo, está el riesgo de que ese mismo maravilloso talento nos nuble el raciocinio.

25 Diciembre 2016   12   Editorial   Gustavo Alvarado

Fecha especial la de hoy. Anoche los niños –y los no tan niños- abrieron sus regalos. Algunos hoy en la mañana. Y si bien la Navidad versión 2016 dista mucho de lo que era esta festividad hace 20 o 30 años atrás, hay algunas señales que nos hacen pensar que el espíritu se mantiene, aunque el contexto cambie.

Los regalos son distintos, obviamente. Hoy la tecnología está en todas partes. Y los niños, cada vez a menor edad, se interesan y entienden el manejo de los aparatos modernos. Computadoras, consolas de juego, celulares, nada escapa a la curiosidad y “globalización tecnológica” de los más pequeños.

Con los debidos resguardos, la tecnología no debe ser considerada como una variable negativa. Tener un celular no es malo. El problema se puede presentar con el uso que le damos. Si no hay normas de convivencia , especialmente en los niños, que contextualicen su uso, claro que podrían producirse excesos que atenten contra instancias de encuentro familiar.

Pasar mucho rato ante las pantallas puede provocar, en una familia donde, por ejemplo, los padres trabajan, situaciones de aislamiento que no favorecen la comunicación y, por el contrario, fomentan conflictos innecesarios.

Al igual que con la lectura, las computadoras e Internet no son el problema. A veces se demoniza a la tecnología, sin advertir que ésta no es otra cosa que una extensión del ser humano. Son las personas las que ponen los límites.

Lo que sí debe preocupar entonces es la capacidad de la humanidad para controlar su desarrollo, sin que se desboque  y termine por abrumarla.

Qué duda cabe de la prodigiosa inteligencia del hombre, de su inacabable capacidad para diseñar y crear tecnología. Para soñar un futuro que no deja de sorprendernos. Sin embargo, está el riesgo de que ese mismo maravilloso talento nos nuble el raciocinio. No ser capaces de evidenciar el peligro de la voracidad del progreso sin freno, de proponer un crecimiento que no considere –por ejemplo- los límites del medio ambiente, de amar un desarrollo en sí mismo, sin valores ni conciencia de nuestras limitaciones.

En estas fechas, que en un sentido espiritual invitan a una pausa, no está demás conversar sobre este desarrollo tecnológico que nos seduce diariamente. Charlar en familia, al desayuno o al almuerzo, o en cualquier instante en que padre, madre e hijos puedan mirarse a los ojos y sentir que no hay mayor dicha que el contacto humano.