Lunes, 24 de Junio de 2019
Familias separadas por la migración masiva de venezolanos

¿A quién abrazan los hijos inmigrantes el Día de la Madre?

El próximo domingo es día de celebración, pero para los extranjeros radicados en Talca puede ser también una fecha marcada por la nostalgia. Tres hijos lejos de su mejor valuado amor cuentan sus historias.

Periodista: Marlyn Silva - Fecha de Edición: 06 de Mayo 2019

La última vez que Andry Morillo sintió el abrazo de su mamá, Beila Morillo, no fue en una ocasión feliz. Era una mañana de marzo de 2017 en la que ambos se separaban por un tiempo indefinido, pues él salía de su natal Venezuela para radicarse en Talca junto con su esposa.


Desde entonces, los abrazos ya no se sienten, sino que se escriben por WhatsApp. Beila Morillo todavía no conoce a su segunda nieta hembra, que nació hace cinco meses, así que tampoco ha puesto a prueba con la nueva integrante de la familia el carácter con el que crio a cinco hijos.


En la casa de los Morillo Morillo, Beila “es la jefa, ella es la que manda”, como la define el tercero de sus hijos. Incluso antes del fallecimiento de su esposo era así. Ella es de las madres que revisa los cuadernos para verificar que todo marche bien en la escuela y de las que se enoja cuando encuentra números rojos, pero es también la que tiene la dosis de consuelo preciso para los momentos cruciales.

 

LAS TRANSFORMACIONES
Cuando las distancias dejan de ser minúsculas y no es posible tomar un transporte que devuelva a los hijos a su casa en unos pocos minutos, suceden transformaciones entre madres e hijos. Desde que Iván Cornieles partió de Venezuela la relación con su madre, Xiomara Gutiérrez, es diferente.
“Hay más compenetración entre nosotros, porque siempre hemos sido muy unidos, pero poco expresivos. Uno estando en la distancia aprende a unirse más”, admite Cornieles, quien después de haberse radicado en Perú un tiempo llegó a trabajar a Talca hace cuatro meses.
Para llegar a ese punto de transformación fue necesario que su madre se iniciaría en el mundo de las tecnologías. Ella, a los 64 años aprendió a manejar su primer teléfono inteligente, un regalo de Cornieles, el segundo de sus cuatro hijos y el primero que emigró.


Andreina Camacaro se convirtió en madre a más de 7 mil kilómetros de distancia de la suya, Celimar Gutiérrez, y esa circunstancia le remeció el concepto que tenía de la familia y de la vida misma.
Camacaro siendo la hija mayor de una madre joven asumió con la naturalidad que le dio su personalidad una especie de rol “maternal” con su propia mamá. Eso cambió hace un par de meses cuando nació su primogénita. Ahora se siente más como una hija, describe, y con ese sentimiento llegó también la necesidad de protección.


“El día del parto y los días siguientes podían estar muchas personas, pero yo lo único que quería era que estuviera mi mamá”, relata Camacaro, después de haber experimentado, sin más compañía que la de su esposo, las complicaciones del parto y posterior hospitalización de su primera hija.
Ninguno de ellos -Iván, Andreina y Andry- tendrán a sus madres cerca para entregarse en un abrazo. Aun así, están convencidos de que el amor debe ser constante, como lo afirmó Cornieles: “Hay personas que solo se acuerdan de la mamá una fecha y a ellas hay que quererlas todos los días del año”.

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