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Encuentro entre dos extraños

Madre e hijo se conocen después de 30 años

La mujer y el joven vuelven a verse después de tres décadas separados, gracias a la coordinación de la unidad de Carabineros que propicia estas reunificaciones familiares.

Periodista: Diario El Centro - Fecha de Edición: 12 de Septiembre 2018

TALCA.- Una mujer de 59 años y un hombre de no menos de 30 posan uno al lado del otro en la distancia prudente de los extraños y flanqueados por oficiales de Carabineros, para inmortalizar en una foto el momento en el que madre e hijo se reúnen, después de 30 años de separación.
A partir de la coordinación e investigación de la unidad Modelo Integración Carabineros Comunidad (MICC) de Talca, María Manquián y José Miguel Vivar Manquián se reencontraron, ayer, en la Cuarta Comisaría. Él dejó de ver a su madre cuando tenía un año y seis meses de nacido y llegada la adultez decidió pedir ayuda al MICC para hallarla. El rastreo acabó uniéndolos en una misma sala, reconociéndose en cada rasgo de la cara, después de un viaje de cuatro horas desde Melipilla hasta la capital maulina.

 

“COMO PAJARITO”
Las lágrimas atentan con vulnerar un rostro que parece haberse enemistado de la alegría, pero hay una autodeterminación contra la debilidad que las frena o es que el llanto en soledad dejó vacías las cuencas de María Manquían.
“Ya he llorado tanto…”, dice sentada y erguida en la oficina de la estación policial mientras espera para reencontrarse con su primogénito.


Manquían tenía 28 años cuando decidió dejar a su hijo al cuidado de la familia donde ella arrendaba una pieza en Melipilla. En aquel momento, difícilmente tenía para comer con regularidad, por lo que mantener un hijo era todavía más complicado.
Salir de Melipilla para trabajar en Santiago y colaborar con los gastos de su hijo fue el camino que creyó correcto: “Pensé que era mejor que se quedara con esa familia, porque era mejor de lo que yo le podía dar”. Pero sus empleos como asesora de hogar no se extendían por más de dos meses; al primer disgusto o inconformidad renunciaba.


“Andaba como un pajarito”, reconoce. Y en esa inestabilidad no se creyó capaz de satisfacer las necesidades de un niño. “Así como estaba no era para andar con un niño y menos criarlo”, reflexiona ahora al borde de la jubilación y convertida en madre de una joven de 18 años y otro de 26. Un día dejó de colaborar con los gastos de la manutención de José Miguel -José Miguel y nada más, como ella misma repitió varias veces, para enfatizar que el nombre era todo lo que conocía de su hijo- y se alejó por completo.


Cree que debió volver y buscarlo, pero el miedo le congeló el anhelo, confiesa.
Con los años halló, finalmente, un empleo estable y útil para mantener a sus otros dos hijos. Haberse criado en Puerto Saavedra, al sur del país, le sirvió para desempeñar hábilmente las labores del campo. De fundo en fundo y de plantación en plantación, encontró cómo alimentar a su familia, adquirir su propia casa y darle educación a sus dos hijos menores.
En octubre, comienza la que será su última temporada de trabajo de campo. Hoy, en el ocaso de su vida laboral amanece con la novedad de un hijo que la buscaba desde hace dos años y que después de un intento fallido, ayer, la acompañó caminando a casa.

Marlyn Silva

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