¡Una vez al año, no hace daño…! ¡Dos al mes, poco es…! ¡Tres veces al día, bueno sería…! ¡Cuatro días seguidos… no hay nadie que los haya vivido…!
La decisión de celebrar cuatro días seguidos el Bicentenario parece desmedida y populista. Como ponerse a la lata con la gente, sin motivo verdadero. Porque en celebrar no hay nadie que nos gane. Con ley o sin ley. En otras palabras sin Dios, ni ley. En lenguaje vernáculo, como que a los parlamentarios se les pasó el caballo y cuando eso ocurre en materia de rodeo, el puntaje casi siempre es cero punto, o varios puntos malos.
Vamos por parte, como diría un cirujano, o si prefiere un carabinero que en estos tiempos andan por bandada detrás de las matas de los caminos.
Lo primero que uno espera es que se legisle para establecer hitos extraordinarios tratándose de un acontecimiento extraordinario. Pero la fiesta se les vino encima y buscaron alargar la celebración a cuatro días. Las risitas que conquistaron tienen mucho de sarcásticas. Poco de aprobación, porque en materia de celebraciones la gente no necesita de aprobaciones ni permisos.
Por eso mismo la propuesta tuvo un efecto de míster Simpatía, porque en verdad la gente no necesitaba de permiso para celebrar. Otra cosa hubiera sido un aguinaldo proporcional a la voluntad de celebrar. Esto es como a los jóvenes que piden permiso para carretear. Darles permiso significa darles lucas. De otro modo no tiene sentido. De nada valen los permisos sin plata, aunque sea para “hacer la pará”. Eso también tiene que ver con el dieciocho. “Hacer la pará” equivale a portarse bien. Como un caballero o como un soldado para el desfile. Exige vestirse bien y tirar pinta y después celebrar. Va todo junto.
Hay cosas en la vida que están de más y les diré de inmediato por qué.
Tomemos el ejemplo siguiente: un señor que trabaja en una oficina o en una fábrica tiene la cuota pagada para el asado con los compañeros de trabajo. Pero el mismo señor es parte de un club deportivo. Y qué duda cabe, ya tiene la cuota lista en el club para jugar la pichanga después de almuerzo, el sábado por la tarde, y después mandarse el tonto asado en la tardecita.
¿Y usted cree que en el barrio, con los vecinos esta fiesta pasará de largo? ¡Ni se lo piense! ¡Ahí llevamos otra! ¿Y en el partido político? ¿Y en el sindicato? ¿Y con los amigos más amigos? ¡Y lo que se improvisa, porque lo improvisado sale mejor! ¿Y en el centro de padres? ¿Y la fiesta del curso de Pedrito y de la Rosarito en el jardín? ¿Usted cree que le perdonarán haber pasado de largo sin hacer un arito?
Se puede ser invitado y se puede ser organizador. Y le debo decir por experiencia propia que donde mejor se pasa es organizando las fiestas. Hay que tomar medidas y hay que probar, dos cosas impredecibles…
Mire usted, mi querido lector antes que llegue el dieciocho le habremos hecho musarañas a todo lo que huela a fiesta. Después le haremos asco, pero será por poco.
La fiesta no es la fiesta. La fiesta es la preparación de la fiesta. Y eso vale para la Pascua, el 18 y el Año Nuevo. Lo único que siempre falta es la plata. Y en eso queridos legisladores es lo primero que hay que pensar. ¡Salud!
(*) Periodista