11 de septiembre

12 Septiembre   502   Opinión   Ervin Castillo Arancibia
Columnista Diario El Centro
Ervin Castillo Arancibia

Fundación Talca

11 de Septiembre en Chile y se reabren las viejas heridas del pasado, esas que en realidad nunca han sanado, porque hablan de violación a los Derechos Humanos, del quebrantamiento democrático, de un clima social en el Chile de los 70 que no daba para más, con hambruna y desabastecimiento de la población, y también de quienes bajo el discurso de salvaguardar y proteger los destinos de la nación, terminaron convirtiéndose en una dictadura autoritaria que caminó y sembró vínculos con crímenes, torturas, y una serie de situaciones opuestas a la probidad y transparencia en el manejo de las arcas fiscales. 

 

El Chile de los 70 y el anterior, exige a las nuevas generaciones, a los que apostamos por el desafío de ser parte de la vida pública de nuestra región y país, a no caer en ese juego de trincheras, de tribus ensimismadas en su propia parcela, que no son capaces de ver más allá, de contextualizar elementos históricos, políticos, culturales y económicos, y que vuelven a reincidir como nuestros antepasados, condenando de por vida a quien legítimamente piensa distinto, a quien con toda franqueza puede disentir en su pensamiento.


El Chile de enemigos fue el antecedente previo a la irrupción militar del año 1973, una de la que muchos hablaban solapadamente, pero que en el fondo se sabía, podría venir en algún minuto, y que después, tampoco tuvieron empacho en desconocer.


El Chile de hoy y el de mañana debe dejar de suponer ese ejercicio Allende vs Pinochet, porque solo contribuye a una división que no resiste más, y que es moralmente inadecuada para el progreso de los más desvalidos y los sectores medios. Lamentablemente, nos toca ver y sentir a diario, como muchos no aprenden, como tantos no dejan esa pasión quinceañera de denostamiento humano al que está en la vereda contraria, sin abrazar ni querer las diferencias que enriquecen la democracia como sistema político.


La promoción de la democracia, el estado de derecho y los derechos humanos, son cuestiones ineludibles para quienes pretenden detentar espacios públicos, son mínimos comunes que nos conducen hacia umbrales para recién comenzar a hablar. No se puede conversar sin esto, y es que éticamente, y por cierto en la opinión de este columnista, hacer algo distinto conduce a una incongruencia particularmente relevante en materia de humanidad política. No se pueden levantar banderas pro DD.HH. desconociendo lo que ocurre en dictaduras actuales de nuestra región y tan solo validarlas por el supuesto bloqueo económico norteamericano, y al mismo tiempo, resulta inadmisible el proyectar una alternativa de gobernanza desde la centroderecha que busque la idolatría respecto de quienes violaron sistemáticamente las prerrogativas fundamentales del ser humano, y esto, sin condiciones, porque no las hay para hablar de democracia. No las debió existir antes, ni mucho menos hoy y mañana.


La necesaria y escasa autocrítica de los sectores políticos se debe asumir como un desafío para las generaciones entrantes, para por una parte, valorar la transición de los años 90, pero también asumir los nuevos flancos generados en dicha etapa, en donde de un tiempo a esta parte, se ha visto fuertemente acrecentada la crisis de las principales instituciones públicas de la República en cuanto a la desconfianza y falta de sintonía ciudadana.


El Chile que nuestras diversas comunidades requieren es uno con menos sesgos, con menos falsedades históricas, con mayor espíritu de reconocimiento de nuestros propios defectos, antes de condenas en la plaza pública al que está a mi lado. Esto es parte de un ideario común, para entonces sí poder levantar conceptos tales como reconciliación, verdad histórica, memoria y justicia. Intentemos direccionar los términos en esta línea, es lo que de seguro, muchos hubiesen querido, porque al final del día, y de muy distinta forma, todos amamos esta tierra común, y todos debemos responder en torno a su futuro.