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Opinión

8 meses de primavera

Juan Carlos Díaz Avendaño

Administrador de la Municipalidad de Talca Director ejecutivo del programa Junto a Ti

Fue hace 50 años, entre enero y agosto de 1968, cuando el mundo entero pudo comprobar, una vez más, que el comunismo nada tiene que ver con la democracia, ni la libertad, ni los derechos humanos. Y que esos valores nada valían frente a la hegemonía soviética, como dramáticamente pudieron comprobar los checoslovacos cuando vieron aplastadas las reformas que impulsaron.
A comienzos de aquel año grupos de la intelectualidad checoslovaca, en especial algunos miembros de la Unión de Escritores, habían manifestado su interés en promover reformas que permitieran atenuar el férreo régimen dictatorial comunista al que estaba sometida entonces Checoslovaquia. Sus planteamientos, tímidamente sugeridos, buscaban un “socialismo con rostro humano” como llamaron a la petición de libertad de prensa, derecho a huelga, libertad de sindicalización y tolerancia de múltiples partidos políticos. Ellos, sin saberlo, pedían lo que los jóvenes franceses, en esos mismos días, escribían en los muros de Paris: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Porque aquellas peticiones de libertades y derechos, para el régimen comunista, no sólo eran imposibles, eran subversivas.
Eso podrá comprobarlo, tras algunos meses, Alexander Dubček, líder eslovaco que asumió en enero de 1968 y quien dio inicio a este movimiento social de reformas conocido como la Primavera de Praga.
Dubček impulsará un plan de acción que buscaba liberalizar el régimen, abolir la censura, permitir iniciativas económicas privadas y mejorar la relación con países fuera de la órbita soviética. Su idea, la de los intelectuales que le apoyaron y la de los millones de checos que le siguieron en las calles era que, si lograban una mínima apertura, lo demás vendría de manera inevitable.
Demás está decir que los jerarcas soviéticos, los verdaderos gobernantes de Checoslovaquia y de cada uno de los países tras la Cortina de Hierro, pensaron de manera semejante. Si se toleraba estas reformas en ese país, todos los demás seguirían el ejemplo. Nada hay más contagioso que el anhelo de libertad.
Así, en la noche del 20 de agosto de 1968, 2.300 tanques y entre 200.000 y 600.000 soldados soviéticos, alemanes orientales, polacos, búlgaros y húngaros invadieron Checoslovaquia por orden de Moscú, aplastando en los días siguientes esos anhelos de libertad.
Miles de jóvenes salieron a las calles de Praga a defender los delicados brotes que la primavera de reformas había iniciado. Frente a los tanques, oponían sus argumentos de democracia, libertades y derechos humanos. Murieron más de 70. Otros 700 fueron heridos. Más de 300.000 debieron huir del país.
La censura fue restablecida (nada hay tan peligroso para un régimen comunista como la libertad de prensa), los sindicatos disidentes del régimen fueron prohibidos, los tímidos atisbos de iniciativa privada fueron declarados como actividades ilícitas y aquellos intelectuales que se habían atrevido a soñar con un socialismo con rostro humano, finalmente fueron acallados.
Aquel año, en Praga, la primavera había durado 8 meses.

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