80 años y un día.

02 Septiembre   553   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Si bien cada llegada de septiembre es siempre bienvenida porque nos trae la primavera, en Europa la cosa es diferente. No sólo porque a ellos se les viene el otoño sino porque, además, esta vez el mundo entero conmemora el inicio de una de sus peores tragedias: el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que asoló particularmente a ese continente.

 

Fue el 1º de septiembre de 1939, hace exactamente 80 años, que la invasión alemana a Polonia desató el mayor conflicto bélico hasta ahora conocido. Ese día Adolfo Hitler, entonces un líder enormemente popular en su país, al igual que su Partido, argumentando que cualquier territorio poblado por alemanes es alemán y que, si el desarrollo de su pueblo requiere más espacio, no hay problema en quitarlo a los vecinos, dio aquel paso tan trascendental como trágico. Ya antes, con similar argumento, había arrebatado suelo checoslovaco y no se arredraría ante obstáculos morales o jurídicos. La política, había dicho Maquiavelo mucho antes que Hitler, se juega con otros valores y se mide con otros estándares.


Y si bien la Historia posterior es conocida y no este el espacio indicado para revisarla, conviene, tal vez, preguntarnos si transcurridos 80 años, algo aprendimos de aquella conflagración gigantesca.


¿Aprendió el mundo que las ambiciones desatadas, los nacionalismos exacerbados y el belicismo a flor de piel nada bueno traen consigo? ¿Aprendió el hombre que las amenazas de líderes ególatras, seguidos de muchedumbres obnubiladas e inflamadas por la propaganda, el odio y la soberbia, hay que tenerlas en cuenta, y temerlas? ¿Aprendió la humanidad que las personas son intensamente superiores a los intereses estatales y que sus derechos, fundamentales, son anteriores y prioritarios a cualquier ideología?


A juzgar por los hechos posteriores, por las guerras de después, los totalitarismos recurrentes, el fundamentalismo intolerante y el hedonismo alienante del mundo contemporáneo, poco fue lo aprendido. Y así como tras la Primera, se dijo que esa sería la última de las guerras, después de la Segunda el mundo repitió que esta sí sería la final. El horror de los campos de exterminio, de los 50 millones de muertos y de la mortífera demostración de Hiroshima y Nagasaki debieran haber sido suficientes. Sin embargo, no lo fueron. Y si el hombre tropieza una y otra vez con las mismas piedras, esta vez, más bien la humanidad se arroja una y otra vez similares y peores piedras.


Si el año pasado conmemoramos el término del primer conflicto mundial y recordamos, con dolorosa memoria los discursos que prometían la paz definitiva, el año próximo conmemoraremos los 75 años que han pasado desde que el hombre, con estupor, comprobó que tenía en sus manos armas con el poder de destruir la humanidad entera. Y todavía no aprende, ni cambia.


Ya sabemos que un día como ayer, hace 80 años más un día, la humanidad volvió a comenzar el ciclo infame de la muerte y la desolación. Falta saber si algún día habrá de terminar.