Miércoles, 24 de Abril de 2019

Opinión

Adorando de noche, quemando de día

Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Será porque en verano se tiene un poco más de tiempo o por una de esas casualidades que, cada tanto, nos sorprenden, lo cierto es que no hace mucho leí una “carta al Director” en un medio escrito nacional y, de aquella lectura, pude desprender interesantes conclusiones que comparto. Primero, los hechos: Para nadie es un misterio que, desde hace un par de años al menos, las teleseries provenientes de Turquía, arrasan con todas las mediciones de sintonía televisiva, sea en el horario que sea. Lo que comenzó como una suerte de alternativa económica que un canal de televisión quiso explorar sin mayores expectativas, se convirtió, a poco andar, en una moda que las demás estaciones imitaron sin asco y con notable éxito. Por otra parte, tampoco sorprenderá a alguien que las reivindicaciones feministas, levantadas por movimientos como “Ni una menos” y “#MeToo”, han sido el signo sociológico mundial y local de estos últimos años. La lucha en contra del femicidio, contra la violencia y el abuso hacia las mujeres ha marcado de manera transversal sociedades tan distintas como la europea, árabe o latinoamericana. Seguramente el Lector ya vio hacia donde voy con este comentario: ambas conductas sociales son, a mi entender, profundamente incompatibles. Nada hay más patriarcal, machista y retrógrado que la sociedad que nos muestran las teleseries turcas. El disminuido rol de las mujeres en esas tramas las reduce a todo aquello de lo que los citados movimientos sociales reniegan y repudian. La violencia verbal contra las mujeres, el desprecio de la opinión femenina, los matrimonios forzados (de adolescentes, muchas veces), el desmedrado papel que las mujeres cumplen en la familia y en la sociedad son, todas, características sustanciales de la trama de cualquiera de las teleseries importadas desde aquel país. La cosificación, el ser expuestas como adornos u objetos de lujo, la negación de sus derechos y otras cuantas situaciones más, pueden observarse en cualquiera de los capítulos. Y son la primera sintonía nacional en un país que, al mismo tiempo, marcha por las calles en pro de la igualdad de derechos y en contra de cada una de las conductas reproducidas en la novela televisiva.
¿Cómo entender esto? ¿Es, acaso, que los chilenos nos hemos vuelto más hipócritas aún? Durante el día abominamos de ciertas conductas y, en la noche, junto a la familia, ¿admiramos tramas plagadas de esas mismas conductas execradas? Luchamos contra el machismo y la violencia moral que conlleva, pero vemos con fruición teleseries del más acendrado machismo y misoginia.
Y, a riesgo de parecer sexista: ¿no es cierto que los estudios de mercado indican que los principales consumidores de este género televisivo son, precisamente, mujeres? ¿Será acaso que, en esto también, exhibimos nuestro consabido doble estándar? ¿Que en la tranquilidad de nuestro living ellas adoran aquello que en las calles queman?

 

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