Al académico y profesor

03 Junio 2018   1490   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Hay personas que, en la vida de un pueblo, se constituyen en verdaderos maestros. Son faros que alumbran y estimulan la reflexión acerca del sentido de la marcha histórica. En nuestro país, los hay de formas, condición y estilos muy diferentes. Sea en los oficios humildes, las labores de la industria, la gestión comercial o productiva, en los quehaceres agrarios, educacionales o de la política y el gobierno. Cada ámbito de la vida social y cívica, puede reconocer alguna figura sobresaliente, por la experticia lograda y la existencia inspiradora.
En lo cultural también hay héroes del trabajo erudito, el ejercicio paciente del pensamiento cultivado y la investigación rigurosa. Muchos de ellos son olvidados, pero han contribuido sustancialmente a la conciencia de la república. De las artes y sus más variadas expresiones, podemos reconocer a mujeres y varones que encarnan, interpretan y a la vez configuran el carácter e identidad local o de nación, sea por su saber o por la destreza ancestral.
Ahora bien, la universidad y academia, de pronto nos regala al profesor que se distingue como auténtico maestro. Tiene en su porte y talante, un mensaje que decir. No brota tal mensaje de la mera improvisación ocasional ni de ambiciones vanas. Se forja con la paciente dedicación de una continua labor de años; es el fruto de silenciosas renuncias e infinitas horas de estudio, de lecturas infatigables, para rastrear la memoria y el pensamiento en los autores. Al fin y al cabo, éstos, los autores, le otorgan claves de compresión, pero desde ellos, él, originalmente, crea la síntesis y da forma nueva al pensar sobre la realidad histórica y vital del país, en el contexto latinoamericano y mundial.
Javier Pinedo Castro es la persona y el hombre al cual me refiero en estas líneas, fallecido en la madrugada del 30 de mayo. Académico y profesor de la Universidad de Talca, irradia más allá de su casa de estudios a la que dedicó su vida entera, como fundamento de ella y del Instituto Humanístico Abate Molina, el Premio José Donoso, la Revista Universum, la docencia, la publicación de ensayos y libros, pensando siempre a Chile, en franca reflexión rigurosa, sin sesgos, sino plenamente inquiriendo en lo más genuino de la cultura y raíces, con especial énfasis en la Región del Maule, donde formó familia y hogar.
En la congoja brota simultánea la gratitud. Ahí está tu herencia en lúcidas obras y escritos. Pero, sobre todo, tu huella imborrable en el estilo humano y noble: sencilla caballerosidad, calidez, aguda inteligencia, buen humor, fina ironía en la animada y vibrante charla a la mesa o el café... Esa calidad humana, recia y tierna, Javier, cautivó a quienes te conocimos y vimos en ti, la valoración de nuestra cultura propia. Llega hoy tu descanso y gozo en el banquete eterno...