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02 Julio 2018   390   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

No me gustan las personas que hacen con su nombre una sigla. Y Andres Manuel López Obrador es una de ellas. Me parece que hacerlo, o permitir que lo hagan, es una clara señal de vanidad, soberbia, egocentrismo y, como en el caso que comentamos, hasta mesianismo. Porque el candidato que ayer triunfó en las elecciones presidenciales mexicanas se presenta a sí mismo como una especie de mesías. Un mesías latino, tropical, pero salvador al fin y al cabo.

Ese rasgo en la personalidad del electo Presidente mexicano, presentarse (y creerse) el único que puede salvar a los mexicanos de la violencia desatada, la corrupción desenfadada y el subdesarrollo endémico, lo hace situarse a la misma altura que Benito Juárez, el padre del México republicano moderno, y lo emparienta con toda la tradición caudillista que puebla la historia de ese país y de América Latina entera. El Presidente que ayer escogieron los mexicanos, en una suerte de mega-elección de resultado previsible (por el escaso apoyo a los demás candidatos a la presidencia) será una extraña mezcla entre Chávez, Perón, Allende y Juárez.
De Chávez, López Obrador hereda el populismo desatado. La política dl bono, del subsidio, del asistencialismo y del clientelismo hasta que se acabe la plata.
De Allende, López Obrador hereda la obstinación mesiánica con que persiguió la primera Magistratura. También, el pretender tener la solución de todos los males y culpar de aquellos males a los enemigos de siempre. El imperialismo, la oligarquía, las transnacionales y los enemigos del pueblo. De todos estos, y de muchos más, salvará el electo Presidente a los mexicanos con su gobierno nacionalista, popular, estatista y revolucionario. Porque, como Allende, el nuevo Mandatario habla con el lenguaje típico de los años ’70 latinoamericanos, prometiendo, como antaño, una revolución. A la mexicana (igual que Allende, con empanadas y vino tinto), igual de radical, refundacional y polarizante.
Por último, de Benito Juárez, el gran caudillo mexicano del siglo XIX, López Obrador pretende imitar ese afán refundacional, esa capacidad de modelar el futuro y dejar su impronta con letras indelebles. Como todo caudillo que se precie de tal, el ganador de los comicios de ayer pretenderá la proyección, el legado y la eternidad a través de un gobierno personalista, populista y mesiánico.
Sólo nos queda ver, desde este lejano rincón latinoamericano, si ese gobierno que se iniciará dentro de poco, llevará a México a la prosperidad y la paz que se merece, o lo transformará en un nuevo desastre económico y social como tememos.