Arepas con wantán.

03 Junio 2018   1129   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Cuando los pitonisos políticos, que también llaman analistas, intentan vislumbrar el futuro de la dictadura de Maduro en Venezuela, todos coinciden en que ese régimen necesita, de manera urgente, un sostén exterior para sobrevivir. El descalabro económico que la dictadura ha provocado y la crisis humanitaria que le sigue están llegando a un punto insostenible. Y, traspasado ese límite, Maduro requerirá de una ayuda que sólo podrá provenir del exterior. De dónde vendrá ese apoyo, esa es la cuestión.
Fue del todo sintomático que entre los pocos países que felicitaron a Maduro por su “triunfo” en la parodia electoral de hace unos días, destacaron tres países: Irán, Siria y China.
Hace años que el régimen venezolano ha tenido una relación privilegiada con los iraníes. El intercambio de misiones diplomáticas, los viajes de Chávez y de Maduro a Teherán resultaban incomprensibles si se atendía a la esfera de relaciones que ambos países frecuentan. Nada más lejano, a simple vista, que el fundamentalismo musulmán de los Ayatolás iraníes y el estilo caribeño y desenfadado de Chávez y Maduro. No obstante, dejando de lado las diferencias evidentes y atendiendo más bien a lo sustantivo, ambos regímenes comparten el mismo enemigo (el “imperialismo” norteamericano), un aislacionismo creciente y perjudicial y una obstinación política a toda prueba. Por ello, no es de extrañar que se acercaran. Pero, pese a la cercanía, gestos de amistad y mutuo apoyo, es poco probable que los iraníes quieran, o puedan, hacer algo más por Maduro. Que necesita harto más que gestos de buena crianza. Tampoco es probable que la ayuda venga de Siria. El “colega” dictador Bashar al-Ásad no está, precisamente, en condiciones de ayudar a alguien. El asedio interno y externo que enfrenta su régimen no le permite sostener a nadie. Puede que ni siquiera a sí mismo. Maduro no debiera esperar algo de allá.
Por lo tanto la única ayuda, y la más probable, vendrá de China. El país de oriente, cada vez más consciente de su tamaño y de la envergadura de sus necesidades futuras, busca en todo el mundo puntos de desembarco. China, igual como las grandes potencias imperialistas del siglo XIX, necesita de materias primas, combustibles y mercado.
Y Venezuela es hoy el mejor lugar para ese desembarco. Un país debilitado, necesitado de ayuda, gobernado por un régimen dispuesto a entregar lo que sea a cambio del apoyo que requiere para mantenerse en el poder y que, además, tiene petróleo en abundancia, posee contacto territorial privilegiado con Sudamérica, Centroamérica y el Caribe. La debilitada economía venezolana, más bien agónica, no está en condiciones de cuestionar la fuente de donde venga la inversión. Sus pozos de petróleo, sus yacimientos mineros, sus inmensos acuíferos (el bien más preciado del futuro) están disponibles a cambio de unos cuantos yuanes.
Por eso, no nos debiera extrañar que en un futuro cercano las arepas se acompañen con wantán.