Asombros infantiles

22 Julio 2018   1361   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Una y otra vez tenemos la oportunidad de volver a las preguntas sencillas y profundas de la existencia; a valorar, por ejemplo, en la voz tierna de una pequeña nieta, cómo se nos manifiesta el mar ¡hermoso!, exclamación que deja ver el sentir genuino de los ojos y corazón hechizado en el litoral costero. Así, los niños y las niñas, cuando los sacamos de las rutinas escolares y los quehaceres cotidianos, nos hacen reconocer a los adultos, las bondades de la creación y de las cosas sencillas. Puede ser el descubrimiento de una conchita, pulga marina, o el agua salobre misma que se adentra en la arena jugueteando, mientras hacemos con fantasía algún fuerte o castillo…
Los asombros infantiles son para recrearnos, o más bien, para sacudir la consciencia. La vida temprana y pura provoca interrogantes. ¿Hasta qué punto nuestros afanes y pensamientos aciertan? Las explicaciones que damos a las preguntas de los pequeños, no siempre tienen en cuenta el origen sensitivo del preguntar. La repuesta convencional suele ser inadecuada. Hay que ir hasta el fondo del asunto planteado, sin elaboraciones demasiado conceptuales. La observación absorta de la niñez, nos regresa al sentido primigenio de lo que las cosas son, a las realidades esenciales que a menudo olvidamos.
Nuestra formación, cualquiera sea, requiere del permanente cuestionamiento. Lo que consideramos como saber adquirido, no siempre obedece a lo que en realidad son las cosas. En los niños encontramos palabras claras y juicios que dan de lleno a las situaciones e inautenticidades. Ellos sin ambages, cuentan la verdad y hacen valoraciones. Sus aspiraciones y sueños –muchos de los cuales todos hemos tenido-, por cobardía o comodidad no fuimos capaces de forjar.
No ignoro, con lo dicho, las discordias, rencillas y hasta crueldades existentes entre los niños y niñas, muchas veces reflejo de los mayores… Pero lo que deseo hacer consciente, es la permanente provocación que la niñez hace al adulto. Lo hace con su vida y mirada limpia, ingenua y fresca. En fin, los asombros infantiles nos desinstalan; ponen en jaque muchas formas, costumbres y estereotipos, que corroen y pervierten la vida en la familia y en la sociedad.
Cuando acallamos los asombros infantiles con amarguras, nos envenenamos. ¡Toda la cultura y el arte, la sensibilidad y la belleza, el bien y la verdad se destruyen! ¿Será, pues, que sea hora ya, de poner el oído e inteligencia atentos, para volver a maravillarse mediante los asombros infantiles?
Algo de divino es lo que ellos nos traen…