Auténtico magisterio

24 Junio 2018   1022   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

¿Existe un justo reconocimiento a la labor docente? ¿Son dignas las condiciones en que los maestros llevan a cabo su labor? ¿Están preparados para desempeñar su oficio con los estudiantes de hoy? ¿Aciertan los programas y las constantes reformas al sistema educativo chileno? ¿Existe lucidez sobre la práctica pedagógica real o la burocracia asfixiante de la labor educativa, con un tinglado de nociones y procedimientos malogra los resultados positivos? 

Muchas preguntas surgen sobre la labor docente en las escuelas. He aquí, una reflexión sencilla para contribuir a no olvidar el servicio invaluable de los maestros y maestras de nuestra patria. De vez en cuando conviene subrayar la entrega de muchos educadores que permitieron y permiten hoy iniciar a nuestros hijos en hijas en la lengua, la historia, las ciencias, las artes y la ciudadanía.
Las sombras de la educación en Chile –las hay graves, sin duda-, no han de cegarnos para ignorar el esfuerzo de los verdaderos héroes de la educación en las actuales y complejas circunstancias. Existen escuelas rurales, donde con recursos escasos los niños hacen los primeros pasos en el saber y la vida. Allí está presente el maestro de básica, con frecuencia, referente para las familias de la localidad. Incontables son los trabajadores y profesionales actuales que se educaron en tales establecimientos. También, las escuelas municipalizadas más o menos pobres, cuentan entre los educadores a auténticos pedagogos, que con cariño y lucidez realizan todavía noblemente su tarea. Así, tanto en la educación pública como privada -con diferencias, contrastes e inequidades- podemos encontrar a los auténticos educadores, valorados como maestros de la vida.
Desgraciadamente, existen también los profesores malhumorados, barreros o flojos, ruina de la enseñanza. La rutina les quitó el entusiasmo primero, y les hizo perder interés, creatividad y motivación: son un desastre para cualquier recinto educacional. Ni hablar del amargado, que envenena la comunidad educativa.
Es que el vínculo entre el educador preclaro y el educando es decisivo. Me refiero al “educador educado”, que es en sí mismo un portador de saber y valores, un ideal encarnado, un ejemplo a seguir. Nada más cautivador que encontrar al maestro o maestra confiable, creíble, cuya cercanía y compromiso infunda respeto, desafiando siempre hacia lo más alto.
Cuando a la competencia disciplinar se agrega la calidad personal del educador, cuya entrega consiste en respetuoso y sólido servicio al crecimiento y desarrollo original de niños o jóvenes, estamos ante el auténtico magisterio, que debemos preservar, y sobre todo, nunca dejar de reconocer y potenciar.