Balance de un largo viaje

27 Agosto   451   Opinión   Abraham Santibáñez
Columnista Diario El Centro Abraham Santibáñez
Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

Desde su llegada a Valparaíso, al anochecer de del 3 de septiembre de 1939, el Winnipeg, un barco francés adaptado para transportar a más de 2.200 refugiados españoles, se convirtió en una leyenda.

 

La épica aventura no tenía precedentes. Pero Chile, un país pobre y lejano, les abrió solidariamente sus brazos. Ochenta años después, en medio de un enorme y variado programa conmemorativo, nadie parece acordarse de los temores y prejuicios de entonces. Este año. desde el Congreso y el Instituto de Chile a las universidades, desde el extremo norte hasta Valparaíso y Santiago, se generó un masivo festejo. La celebración no es la primera: siempre se ha recordado el viaje como un histórico hito solidario.


Este año junto a una larga lista de exposiciones, charlas, recreaciones, obras de teatro y otros actos culturales, se está desarrollando un programa coordinado por una comisión albergada en el Centro Cultural de la Embajada de España. Es un homenaje a largo plazo de la obra del riquísimo universo que llegó en el barco. Sus pasajeros, según quería el Presidente Aguirre Cerda, debían ser “obreros especializados, pescadores, agricultores, parceleros, metalúrgicos, etc. Toda gente que hace falta en el país”. Así lo recalcó en agosto de 1939, en una entrevista en “El Diario Ilustrado”, el canciller Abraham Ortega. Pero la lista definitiva no se agotó ahí. También vinieron intelectuales, pintores, periodistas, profesores y un prodigioso grupo de niños que han dejado una huella profunda en nuestra vida cultural.


La relación de Chile con la Guerra Civil no comenzó cuando los republicanos fueron derrotados. Desde el comienzo del conflicto, la embajada en Madrid abrió sus puertas a los partidarios de los rebeldes encabezados por Francisco Franco. La sede diplomática chilena tuvo que ampliar sus instalaciones para acogerlos. A la caída de la capital, la situación se revirtió y, más tarde, tras una penosa caravana hacia Francia, fue necesario ir en ayuda de los derrotados. Le correspondió a Pablo Neruda, que antes de la guerra había hecho grandes amistades con intelectuales republicanos, asumir estas nuevas tareas. La más importante: hacer posible el viaje a Chile de un numeroso contingente.


No fue fácil por muchas razones. Pero logró acondicionar el Winnipeg para el largo viaje hacia nuestro país. La historia, contada en estos días una y otra vez, nos habla de un país que mayoritariamente solidarizó con los refugiados. Así lo han registrado numerosos libros, incluyendo la reciente novela de Isabel Allende.
El ensayista Julio Gálvez, autor del libro “Testimonios del exilio”. recoge un significativo recuerdo de Leopoldo Castedo del desembarco ya mencionado en este mismo espacio: “Durante una breve calma en la algazara, oí a mis espaldas decir a una niña de seis u ocho años a su madre, acodada ésta en la borda contemplando el puerto iluminado: ‘Mamá. Cuando nos echaron de Madrid nos fuimos a Valencia; cuando nos echaron de Valencia nos fuimos a Barcelona y cuando nos echaron de Barcelona nos fuimos a Francia. De Francia nos echaron a Chile. Cuando nos echen de Chile ¿adónde nos vamos a ir?’”.


La respuesta conmovedora es que aquí en Chile nadie los volvió a echar.