Lunes, 24 de Junio de 2019

Opinión

“¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” Domingo de Ramos de la Pasión del Señor. Lucas 19, 28-40.

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: <<Vayan al pueblo que está enfrente y al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: <<¿Por qué lo desatan?>>, respondan: <<El Señor lo necesita>>. Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: <<¿Por qué lo desatan?>>. Y ellos respondieron: <<El Señor lo necesita>>. Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían: <<¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!>>. Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: <<Maestro, reprende a tus discípulos>>. Pero él respondió: <<Les aseguro que, si ellos callan, gritarán las piedras>>.
Cada año iniciamos la Semana Santa, para los católicos y otras denominaciones cristianas, contemplando esta solemne entrada de Jesús en Jerusalén donde es reconocido por los habitantes y extienden sus mantos sobre el piso para que pase el Señor.
Seguramente para muchos es el eterno recuerdo de un acontecimiento histórico que no tiene nada que ver con la vida actual, y seguramente verá en ello un cierto masoquismo en quienes lo siguen o un cierto sadismo en quien lo propicia que es Dios.
No es ni lo uno ni lo otro, es únicamente el compromiso profundo de un hombre que ha creído en la palabra de su Padre y sabe que será glorificado como lo ha dicho en la transfiguración. Esta entrada triunfal a Jerusalén expresa la gesta humana de vencerse a sí mismo; de darnos el testimonio de que es posible vivir por grandes valores que se pueden aprender y que nos revelan otra vida que se da junto a la que “pareciera ser la verdadera”.
Frente a la instintiva reacción humana de consentir ante los deseos de comer, de defenderse, de procrear, de sacarle al mundo sus riquezas y apropiárselas como si fueran de él, Jesús, aparece mostrándonos una vida mejor y que tiene que ver con el Espíritu; con lo que “no es evidente a los ojos”, pero que se percibe en cada hombre y mujer que habita en la tierra.
Cuántas instituciones, ong’s, comunidades humanas nos invitan a tener relaciones fraternas, a mostrar esa realidad que supera lo corporal y nos hace entrar en el mundo interior de las personas y del planeta mismo.
Sabemos que cada hombre y mujer del mundo tiene sentimientos muy profundos y no los manifiesta a todos: su corazón se abre solamente a quienes tienen la capacidad de recibir con cariño y delicadeza lo que el otro es.
Jesús está en esta dimensión. Podrá verse derrotado en la cruz, pero es parte del camino que ha emprendido y que en la entrada a Jerusalén nos manifiesta parte de su gloria, que no es para este mundo, ni hace siquiera ostentación de esa calidad. Cuando manifiesta delante de Pilato su filiación es solamente para que los hombres crean en él y en su mensaje de vida. Algo que el pueblo sencillo ya había descubierto en su caminar con él y cuando lo reciben en su entrada triunfal a Jerusalén.

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