Biotecnología y sostenibilidad

30 Julio 2018   1197   Opinión   Miguel Ángel Sánchez
Columnista Diario El Centro
Miguel Ángel Sánchez

Director Ejecutivo de ChileBio

En las últimas semanas, dos prestigiosos estudios han mostrado el positivo impacto de la aplicación de la biotecnología en la agricultura.
El Servicio Internacional de Adquisición de Aplicaciones de Agrobiotecnología en su último informe sobre la situación mundial de los cultivos genéticamente modificados comercializados en 2017, destacó sus beneficios sociales, medioambientales y económicos en todo el mundo.
Sólo existen 11 cultivos transgénicos disponibles comercialmente (maíz, soja, algodón, canola, remolacha azucarera, alfalfa, berenjena, papaya, zapallo italiano, manzana y papa), y estos han sido mejorados para resolver los problemas de los agricultores en el campo disminuyendo así las pérdidas en la producción. Esto a través de otorgar a los cultivos resistencia a insectos ciertos plaga, tolerancia a herbicidas específicos para controlar malezas, resistencia a determinadas enfermedades, y adaptación a condiciones climáticas adversas.
El informe muestra que la superficie global de estos cultivos mejorados con biotecnología aumentó un 3% o 4.7 millones de hectáreas en 2017 en relación al año anterior, alcanzando 189,6 millones de hectáreas, lo que equivale al 12,7% de la superficie arable del planeta. Un total de 19 países en desarrollo, donde están incluídos 10 países latinoamericanos, totalizan el 53% del área de cultivos genéticamente modificados en todo el mundo.
Por su parte la consultora británica PG Economics publicó otro estudio el mes pasado que también mostró con contundentes cifras el aporte a la sostenibilidad de los cultivos transgénicos. Debido a la reducción de las pérdidas agrícolas, el uso de estos cultivos permitió el aumento de la producción en 657.6 millones de toneladas valorizadas en US$186.000 millones entre 1996-2016. La mayor producción permitió ahorrar el uso de 183 millones de hectáreas, evitando desforestación y el avance de la frontera agrícola.
Al mejorar la resistencia a insectos plagas y el control de malezas se ha evitado el uso de 671 millones de kilos de ingrediente activo de pesticidas, lo que equivale a una reducción del 8,2% (1996-2016).
A su vez, debido al menor uso de pesticidas y al reemplazo de herbicidas tóxicos por otros más amigables con el medio ambiente, hubo una reducción del cociente de impacto ambiental de la agricultura de 18,4%. También, debido a la menor necesidad de maquinaria para aplicar insumos y principalmente a la no necesidad de arado en algunos casos, en 2016 se evitó emitir 27.000 millones de kg de CO2, lo que equivale a sacar de circulación por un año a 16,7 millones de autos.
Los mayores rendimientos y el menor tiempo y dinero gastado en el manejo de plagas y malezas, ha permitido que los agricultores obtengan mayores ingresos. Esto ha demostrado ser especialmente valioso para los agricultores en los países en desarrollo, donde durante 2016 recibieron un promedio de $5 dólares como retorno por cada dólar adicional invertido en semillas transgénicas.
Ambos informes destacan que los cultivos genéticamente modificados son los únicos cultivos que para poder ser comercializados deben previamente pasar por una etapa de análisis de riesgo que garantice su seguridad para el medio ambiente y los consumidores.
Sin embargo, la biotecnología y los cultivos transgénicos no son la panacea. Al igual que con los cultivos convencionales deben aplicarse buenas prácticas de manejo agrícola tales como rotación de cultivos y manejo de resistencias.
Más allá de los prejuicios y estereotipos, que se presentan en los debates sobre el uso de esta tecnología, los estudios siguen avalando los beneficios de la biotecnología y de la transgenia, como herramientas válidas para hacer de la agricultura una actividad más sostenible.