Camino de la cruz a gloria

14 Abril   574   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Esta “Semana Santa”, se hace más consciente el camino de Jesús de la cruz a la gloria, que los evangelios relatan y la liturgia celebra. El Hijo eterno del Padre nació de María Virgen y creció entre nosotros. Convivió en Palestina, hizo de discípulos y apóstoles. Anunció la llegada del Reino. Con su pasión y resurrección, sembró en el mundo la sabiduría inmortal: “bienaventurados los pacíficos”; “perdonen a los que los ofenden y los odien”; “mi mandamiento es este: que se amen los unos a otros como yo los he amado…”
¡Jamás se escucharon semejantes palabras de vida!
Generaciones de discípulos lo testimonian: tras la muerte, ¡Jesús ha resucitado! Esta alegre noticia, acogida en la fe, recorrió continentes, naciones, ciudades y pueblos, cautivó a los sencillos y pobres, consoló a los tristes, abrió rutas a quienes buscaban un sentido a la existencia, hizo pensar a intelectuales, temblar a los poderosos, inspiró el arte y la civilización.
Cristo Jesús es la fuente de inagotables alegrías. Las heridas de la culpa, el pecado y el horror de la maldad maquinada por el hombre encuentran en Él, sanación y perdón; sobre todo, el triunfo definitivo sobre el mal y la muerte. Nada paraliza la marcha del discípulo: “No temáis, yo he vencido al mundo”.
El dolor y la ofensa, el abuso, la injusticia y el odio, el desprecio y el egoísmo, están para siempre derrotados. La vida divina es verdad efectiva que todo lo eleva y transfigura; actúa sigilosa en la historia humana; es esperanza firme que nos hace capaces en la lucha diaria, de lo que por nuestras fuerzas es imposible: ¡entrega de amor puro y sin reservas!
El cristiano es portador de esta noticia gloriosa que celebramos. No sucumbe a las circunstancias agobiantes que amenazan perder la confianza. Se repite a sí mismo con san Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. La comunión de los que creemos -pueblo convocado en el Santo Espíritu-, estamos llamados a proclamar la bondad infinita de Dios Padre en Jesucristo.
Por las sendas tormentosas de nuestro tiempo, con dudas y desilusiones, pasará nuevamente el Caminante de Emaús interrogándonos: “¿qué ocurre?, ¿a qué el agobio y tristeza?”. Hay que estar con la mirada de la fe viva y despierta para reconocerlo en nuestros caminos cotidianos, llenos de polvo y fatigas. Así reconoceremos el resplandeciente rostro del Señor Resucitado en el vecino, el pobre, el amigo. Es que “sus heridas nos han curado…”