Campanas

13 Mayo 2018   527   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Camino lento por el corredor solitario y frío de la casona de Huilquilemu. Doy con las dos campanas grandes, una mayor y otra menor, que pertenecen a la colección del museo. Fueron del convento de los agustinos de Talca y datan de 1873. El sonido de ellas convocó por años a la comunidad aledaña y señaló los tiempos festivos, de dolor, de trabajo y horas de la oración litúrgica.
Me detengo y las miro nuevamente asombrado, rememorando los momentos que escuché el toque inconfundible de campanas, allá, por lugares solitarios del campo chileno nuestro, indicando las jornadas en las labores de la tierra; acá, la escuela de niños, llamados a clases o a recreos; y en un monasterio enclavado en las faltas de Los Andes, donde aún siento el resonar de las campanas en varios tonos, más graves o más agudos, en acordes armoniosos; como también, el tañer claro de la pequeña campana en la portería…
¡Qué decir de las solemnes campanas en San Pedro, Roma, o las que iban al vuelo en la Catedral de Oviedo, España! ¡Y la simple y sonora campanilla en las manos de mi madre, esa que había en casa del abuelo, cuyo repique cálido reunía a la gran familia en torno a la mesa! ¿Quién no ha escuchado el vibrante repique de las campanas, hasta estremecerse y quedar quieto y cautivo?
Tienen las campanas esa sonoridad singular, emotiva y convocante, que rememora o despierta sentimientos de recogimiento; suscita cierta nostalgia por volver al silencio y allí, oír absortos los timbres y ritmos arcanos de la vida. Son los sonidos mínimos y puros, que no perturban ni embrutecen. Al contrario, son llamada y voz profunda, que resuena en lo interior, no estremece y hace descubrir la belleza en la misma intimidad. Nos situamos así, más allá del tiempo transitorio, elevándonos hacia lo alto, a lo sagrado, inmenso y eterno.
Es que el sonido metálico del bronce nos hunde en las profundidades misteriosas de la tierra… Nos trae los ecos elementales de los minerales desde los que hemos sido formados. Hay una pertenencia misteriosa de nosotros y las campanas, dado que, por ellas, proceden resonancias primigenias.
Ahora, sin embargo, se escuchan pocas campanas. En la ciudad actual repican otros sonidos, que son más bien ruidos estridentes y ensordecedores… Desplazado el silencio, tal vez por eso, nos hemos vuelto más sordos para oír vigilantes y serviciales los más tenues sonidos de la vida…