Chile, país de protocolos.

11 Junio 2018   999   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Tal parece que en los últimos tiempos nos estamos convirtiendo en un país lleno de protocolos y normas similares.
Un protocolo, en la conceptualización que comentamos, es una normativa que indica la manera correcta de proceder ante un determinado suceso. Una suerte de manual que se debe seguir para enfrentar ciertas contingencias. Allí donde antaño primaba el sentido común, el buen juicio, la prudencia el actuar cauteloso, ahora rigen los mentados protocolos.
Cualquier situación que se escape, por poquito que sea, de la habitualidad, ha de ser enfrentada siguiendo un protocolo. Con diversos pasos predeterminados, con encargados de distintos asuntos, con jerarquías definidas de antemano, con declaraciones (y omisiones) previamente dispuestas y, en fin, todo listo a fin de evitar la improvisación que puede dejar algo suelto y sin control.
Porque a través de los protocolos, pretendemos tener todo controlado, medido, definido y casi anticipado. La espontaneidad del sentido común no tiene espacio en un protocolo. Tampoco el simplismo del buen criterio y de la sensatez.
Protocolos ante la ocurrencia de terremotos, erupciones volcánicas, aluviones y demás desastres naturales que padecemos con frecuencia. Protocolos que indican qué hacer ante la sospecha de narcotráfico en un centro educacional. Protocolo a seguir en la relación de jefes y subalternos. Protocolos para saber cómo actuar cuando se presencia un accidente. Las estudiantes feministas piden protocolos que predeterminen la relación con sus profesores. Ciertas entidades piden apurar el protocolo que reglamentará cómo un profesional puede negarse a practicar un aborto. Y así… por decenas, quizás cientos.
¿Serán suficientes? Hace años los extranjeros se sorprendían al observar que en Chile se vendía folletos con el texto de las leyes en las calles. Era como si necesitáramos conocer de antemano nuestras obligaciones y derechos. Nos sentíamos más seguros si sabíamos, con detalle y sin imprecisiones, ambigüedades o equívocos, la abundante normativa que cubría nuestras vidas. Hoy, hemos dado un paso más allá. Queremos también tener claro y por adelantado, cual es el recto proceder ante la contingencia. ¿Será que no confiamos en nuestro sentido común? ¿Será que recelamos de nuestro propio buen criterio? ¿Será que miramos al prójimo presumiéndole falto de juicio y capaz de cualquier desatino?
¿Será conveniente tener protocolos para casi toda eventualidad? Si bien acepto que ciertas contingencias requieren de una reacción urgente, precisa y estudiada, esta pretensión de controlar todo a través de protocolos tiene el riesgo de justificar los desatinos y torpezas nada más que en la ausencia de normas.
Estimo que no hay protocolo que remplace la prudencia, el criterio y el buen juicio.