China y sus deudas-trampa

01 Octubre 2018   1630   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

No estoy obsesionado con China, pero creo que no podemos ignorar la conducta del que, sin duda, será el país más poderoso en la segunda mitad de este siglo.
Y ocurre que China está prestando plata a montones y con escasas exigencias. Una serie de países africanos han recibido, en lo que va de este año, más de US$60.000 millones en préstamos provenientes de Beijing. Los receptores de aquellos cuantiosos créditos son, en general, países con economías de bajo desarrollo, pobre infraestructura y una preparación técnica escasa, todo lo cual induce a pensar que hay pocas posibilidades de que esas sumas logren generar recursos suficientes como para pagar los préstamos. O siquiera los intereses. Y si a la situación anterior agregamos que los países receptores tienen, casi todos, gobiernos escasamente democráticos, poco transparentes y altamente corruptos, la situación es, por decir lo menos, extraña.
¿Cómo puede China arriesgarse a prestar tanto dinero a países que, probablemente, lo desaprovecharán y, finalmente, no podrán devolverlo? Es ahí cuando surge el concepto de “deudas-trampa”, que permite entender mucho mejor ese comportamiento aparentemente incomprensible.
China sabe, perfectamente, que es improbable que reciba ese dinero de vuelta. Pero la deuda y el serio compromiso que genera, pondrá a los países deudores a merced de los dictados del acreedor. A partir de ahí, esas débiles economías quedarán sujetas a las condiciones y exigencias que Beijing les haga. Y sus recursos naturales (mineros, agrícolas, pesqueros, etc.) serán una gigantesca prenda al servicio de la deuda. Igual ocurrirá con sus espacios aéreos o marítimos, con sus puertos y territorios susceptibles de albergar bases militares o empresas medioambientalmente discutibles.
En la actualidad hay en el mundo numerosos países que no logran satisfacer los estándares políticos, ecológicos o económicos que entidades como el FMI, el Banco Mundial o la UE ponen como condición antes de conceder préstamos. Sea su violación de derechos humanos, conductas antidemocráticas, depredación ecológica o escasa experticia económica, esos países no acceden a los créditos que esos organismos conceden. Y es ahí cuando entra China ofreciendo créditos atractivos y de baja exigencia. Así, esos países reciben miles de millones de dólares, los invierten o dilapidan en quien sabe qué y, cuando no pueden pagar, se encuentran encerrados en esta trampa china. Su gobierno, sus bienes y su pueblo quedan sujetos a los imperativos de sus acreedores.
Termino con dos ejemplos: Hace algunos años China concedió a Sri Lanka un cuantioso crédito que, a poco andar, este país no pudo pagar. Ante la deuda impaga, el gobierno de Sri Lanka se vio obligado, recientemente, a ceder a China el uso y la administración del puerto de Hambantota… por 99 años. Y, hace una semana, China acaba de prestar a Venezuela US$5.000 millones, que se agregan a los 20.000 que ya adeuda. A cambio, China ha logrado el 49,9% de Sinovensa, empresa socia de PDVSA, la mayor productora de petróleo de Venezuela, que tiene las mayores reservas mundiales del hidrocarburo.