Comunidad de hermanos. Vigésimo noveno domingo del año. Marcos 10, 35-45.

21 Octubre 2018   1846   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”. Él les respondió: “¿Qué quieren que haga por ustedes?”. Ellos le dijeron: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les dijo: “No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?”. “Podemos”, le respondieron. Entonces, Jesús, agregó: “Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados”. Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.
Continuamos reflexionando el texto de San Marcos, y hoy nos encontramos con este pasaje en el cual los hijos de Zebedeo le hacen una petición a Jesús. Al parecer son del partido de los Zelotes y su deseo fundamental es expulsar a los romanos y a cualquier invasor de su territorio. Tienen una intención política partidista detrás de su deseo. Para Jesús en cambio, no está esa motivación, sino que su permanente anhelo es hacer la voluntad de su Padre, que quiere que todos sean hermanos y puedan convivir de manera armoniosa y con valores que hacen presente la vida trinitaria en el mundo, donde cada uno sin distinción realiza su tarea que es amar. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mantienen su identidad personal, pero es una su naturaleza.
Seguramente creen que, por ser más amigos, o más cercanos al líder tendrán un lugar de privilegio a la hora de su “ascenso” al poder. Me parece muy oportuno hacer memoria de algunos gobernantes de naciones que partieron con una motivación de liberación de las opresiones de los gobernantes anteriores, con buena intención fueron los revolucionarios que subieron al poder para transformar las injusticias y para darle a la gente lo que necesita para salir adelante en su vida personal y comunitaria. Pero con dolor vemos hoy que esos líderes revolucionarios encabezan represión y acusan de golpistas o de traidores a quienes hoy les reclaman lo mismo que hace diez años atrás tenían como objetivos de sus luchas.
Jesús les hace mirar a los líderes cercanos: de Roma y de Judea, el César y Herodes; ambos tienen actitudes déspotas, centrados en ellos y miran en menos a sus súbditos. Seguramente muchos de los actuales gobernantes pueden soportar situaciones extremas: que los critiquen por diversas razones, que a veces tengan que asumir solos la responsabilidad de medidas que se hacen necesarias para que un país avance, como dice Jesús, beberán del cáliz. Pero esa fortaleza o triunfo se lo atribuyen únicamente a su personal capacidad o intelecto que luego les hace mirar en menos a los demás y creen que todos le deben agradecimiento y le deben rendir pleitesía.
Jesús invita al servicio, algo que hemos repetido infinitas veces. Jesús invita a construir una comunidad donde la jerarquía es servidora, donde la pirámide de poder se transforma en una mesa familiar, un grupo de hermanos donde cada cual tiene su importancia; su acción, su creatividad, su cercanía, su acogida, es necesaria y si no está algo falta a este pueblo. Es una mirada distinta que hace sacar lo mejor de cualquier hombre o mujer. El Padre Hurtado siempre llamó “patroncitos” a los pobres y los elevó en el trato para que sepan que su dignidad de hijos de Dios no la perdían.
Que en este tiempo nuevo de la Iglesia podamos superar la crisis con servicio y humildad.