Confianza y libertad

18 Marzo 2018   1114   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

La rutina familiar toma un ritmo más exigente con la jornada escolar. La levantada es más temprano, y las actividades de las corporaciones educativas, piden la constante participación de padres y apoderados. Eso, sumado al trabajo demandante del actual ambiente competitivo de la economía.
Existen variadas situaciones hogareñas. A veces, toca enfrentar el inicio a la vida escolar de una hija o hijo, que no entiende por qué debe ir al colegio. ¿Lo entendemos aún nosotros?
La jornada escolar implica aprendizaje para los progenitores o familiares de los estudiantes. Hay niños o niñas para quienes la institución educativa les resulta amable, estimulante y logran desarrollos notables. Pero asimismo existen otros y otras para quienes ir al colegio es una tortura... Se resisten a la adquisición de nuevos hábitos y aprendizajes. Aparecen éstos como imposición insoportable. Eso produce conflictos y tensiones familiares. Es frecuente, por ejemplo, la norma de la acostada temprano, las horas de estudio para hacer tareas, o el molesto “¡levántate!” matutino...
La primera escuela es el hogar. Pero el hogar necesita de la comunidad educativa más amplia, que ayuda a la integración social, a la asimilación gradual de contenidos y la adquisición de actitudes y valores. Pero, el proceso educativo de una persona es más que los programas de estudios. Éstos son siempre precarios, puesto que responden a estándares o modas.
La educación no es destreza en técnicas y metodologías en constante cambio. Las tecnologías por sí mismas son insuficientes. Es que el acontecimiento educativo se da allí donde cada niña o niño, logra el desarrollo del llamado original que lo convoca, de ese misterio único de la vocación intransferible suya, a la que el educador atento sirve y asiente con respeto y dedicación. Pero ¿cuáles son las propuestas pedagógicas hoy? ¿A qué modelo obedecen? ¿Acaso no hay una inclinación excesivamente niveladora y masificadora?
El proceso educativo es juego libre de verdad y confianza, de respeto y cariño entre los estudiantes y profesores. Jamás debe faltar lo único que educa y hace surgir lo más propio en el educando: el “educador educado”, que es el profesor o profesora con aplomo personal y sin temores a la vida fresca e inquieta. Por eso, despierta confianza y libertad. El educador educado se forma a sí mismo encarnando ideales, y es para estudiantes y colegas, fuente de inspiración, estímulo de conocimiento y amor por el bien y la belleza. Es todo un estilo. ¡Ojalá el país invierta en educadores con verdadera vocación!