De qué color es la esperanza Décimo cuarto domingo del año. Marcos 6, 1-6.

08 Julio 2018   1302   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Por eso les dijo: <<Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa>>. Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.
Este evangelio de Marcos nos cuenta el retorno de Jesús a su pueblo y recibe seguramente el cariño de su familia y de los vecinos, pero también recibe su incredulidad ante las cosas que se decían de él en otros lugares. Creen conocerlo mejor que todo el mundo y no saben de donde le vienen las dotes de sanador, de profeta y, para más remate de una religión que desconocen porque, Jesús, habla de actitudes nuevas en su vida. Lo que Jesús predica está en la base de la relación que debe tener el pueblo de Israel con su Dios y que está expresado en los Escritos, en los Salmos y en los Profetas, pero se han quedado solamente con los ritos cultuales y ahí está su preocupación permanente y su lucha contra Jesús y sus discípulos que no cumplen totalmente con ellos.
Sabemos cuáles son las esperanzas que están en el corazón de los israelitas. Hemos escuchado de sus anhelos de independencia cuando son conquistados por otra nación, sabemos de la esperanza de los pobres de Yahveh, que esperaban una actuación del mismo Dios, quien vendría a realizar su deseo. Pero ellos no se pueden abrir a la evidencia de que el Señor no actúa según los planes de los hombres, sino que lo hace de manera siempre novedosa y con mayor eficacia que si fueran totalmente armados, planificados, medidos por un grupo de especialistas.
Hemos recibido con alegría y también con esperanza la noticia de la llegada de un Administrador Apostólico, y damos gracias a Dios por Galo Fernández Villaseca. Esperamos conocerlo y que él nos conozca. Que sepa lo que esta Iglesia ha vivido en su historia y todo lo que ha crecido en ella desde don Carlos Silva Cotapos, y dos grandes obispos: don Manuel Larraín y don Carlos González, de larga estadía pastoral y grandes frutos. Agradecemos los veintidós años de don Horacio Valenzuela. Cada uno de ellos ha hecho un aporte para que el rostro de Cristo se haga patente en esta hermosa diócesis.
Una Iglesia no la hace el obispo de turno. Se equivocan aquellos que piensan que uno u otro fue más o menos. Nuestro sínodo diocesano deja muy en claro que el Espíritu Santo es el que ordena y clarifica todas las cosas. Lo que cada uno debe aprender es a ser responsable en su compromiso eclesial. Aquellos que miran desde fuera y luego critican no son la mejor expresión de iglesia porque creen que son “esos” los que se equivocan, apuntando a alguien. Con Cristo caminamos todos, unos con el don de guiar, en actitud de servicio; otros con el don de enseñar, en actitud de servicio; otros el don de construir, en actitud de servicio. Por lo tanto, la esperanza la debemos tener todos, pero trabajarla, es lo mismo que decimos de la oración, Dios da todo lo que pedimos, pero hemos trabajado por conseguirlo. No queremos solo milagros.