Del Palacio a la cárcel

16 Abril 2018   1054   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Lula da Silva en prisión, Ollanta Humala en prisión, Otto Pérez Molina también, Rafael Callejas preso en Estados Unidos, Ricardo Martinelli también recluido en una prisión norteamericana, Alberto Fujimori en prisión domiciliaria, Cristina Fernández procesada, Alejandro Toledo con orden de captura internacional para ser procesado, Dilma Rousseff destituida, Pedro Pablo Kuczynski igualmente destituido.

El listado no es exhaustivo, pero sin duda es impresionante. Más debe serlo para quienes, acostumbrados a los homenajes, a los privilegios y a las genuflexiones, cambian de un día para otro los amplios salones del Palacio, por la estrechez de las celdas en que deben esperar o cumplir su sentencia. Cambian la banda presidencial por (figuradamente) el traje a rayas.
Y este mal no debe ser entendido tan sólo como una tradición latinoamericana. Algo similar ocurre en otras latitudes. Porque la señora Park Geun-hye, ex presidenta de Corea del Sur, también pasará una buena temporada en la cárcel.Y el ex presidente egipcio Mohamed Mursi la ha sacado peor porque no sólo fue condenado a varios años de cárcel, sino también a trabajos forzados.
Por otra parte, el somero listado anterior sólo reseña casos de mandatarios actualmente presos. No incluye los numerosos presidentes, primeros ministros, monarcas y dictadores que, en el pasado reciente o más remoto, han conocido las cárceles por dentro. De querer anotar también aquellos casos, sin duda que el angosto espacio de esta Columna sería insuficiente.
Sin embargo, el drama que esta situación representa no se agota en observar cómo un Mandatario transita desde el Palacio hasta la cárcel. Tampoco en la vergüenza de ver la extensión y la profundidad de la corrupción y la impudicia. Eso lo damos por descontado. Lo realmente increíble y bochornoso es constatar que varios de estos ex gobernantes enjuiciados, condenados y encarcelados, mantienen un alto nivel de aprobación y apoyo popular.
Observar hoy cómo millones de argentinos siguen apoyando, y con ello, justificando, la figura de Cristina Fernández de Kirchner, nos asombra. Más todavía, ver que los sondeos brasileños siguen diciendo que más de un tercio de la ciudadanía de aquel país votaría por Lula da Silva en octubre, si es que este consigue inscribir su candidatura presidencial desde la cárcel.
¿Es que, a juzgar de lo anterior, los latinoamericanos perdonamos la corrupción de nuestros representantes, si es que obtenemos de su gestión algún beneficio? ¿Los bonos, los subsidios y demás políticas asistencialistas, permiten olvidar que hay una conducta ética, una vara moral, mucho más alta para quienes asumen la representación popular? O sea, ¿estaríamos dispuestos a otorgar mandato a quien sabemos es corrupto, si este nos garantiza beneficios?
Roba, pero hace.