Domingo, 18 de Noviembre de 2018
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Opinión

Derecha e Iglesia no deseadas

Ignacio Cárdenas Squella

Periodista

Un amigo de derecha se extrañaba por la inconsecuencia que para él resultaba en que un importante grupo de poderosos empresarios, muchos de misa diaria, reclamaban al Gobierno ante la posibilidad de que no se les rebajaran sus tributos o por una reforma a la legislación en favor de la “sala cuna universal”.
Concluía su sorpresa afirmando que, de un plumazo, eran capaces de olvidarse de todas las encíclicas sociales y, por cierto, del principal sustento del mensaje cristiano. Sin duda tal cuestionamiento es algo que atraviesa, salvo por segundos de consecuencia, toda la historia de la Iglesia Católica y, por lo mismo, en vez de raro, tal comportamiento es simplemente lo normal.
Son los mismos que desde el Cardenal Caro, pasando por los padres Vives y Hurtado o Larraín y rematando con el Cardenal Silva Henríquez, no han tenido “temor de Dios” para motejarlos de curas rojos o comunistas. Son los mismos que saben (pero no lo quieren creer y aceptar) que mientras más su Iglesia se aleja de los desposeídos más se aleja de su Dios, de su Cristo que precisamente predicó que mientras más cerca se estuviera de los pobres, más próximo se estaba del “Reino de los Cielos”.
Pero el señor don dinero tiene más fuerza que cualquier misericordia. Quizás, por lo mismo y como manera de expiar la culpa que llevan, son los que hoy rasgan vestiduras ¡en favor de la vida!, en contra de los preservativos y la píldora, son relicarios de la moral sexual, como si su Dios no fuera capaz de entender o perdonar a aquellos que violentados día a día por su condición infrahumana, tomen una decisión que pudiera no ser plenamente santa.
Es esa misma derecha que no fue movida por su fe cuando se atropellaron como nunca en Chile los derechos humanos y guardaron ese silencio cómplice que costó tantas vidas y sufrimientos. Son los que no estarán nunca dispuestos a “dar hasta que duela” pero serán los primeros en hacerle genuflexión al Santo Hurtado y encomendársele para la salvación eterna. Son los mismos que su Cristo, pocas veces con furia, expulsó del templo.
Son los que defienden al converso que injuria un memorial creado para no repetir barbaridades, pero cuya “conversión” no tiene igual enojo para condenar las barbaridades de las dictaduras de derecha. ¡Por su Dios cuánta hipocresía! Son los mismos que se acuerdan que la misericordia existe cuando se trata de ofrecerla a los que no tuvieron misericordia. Son los mismos que lograron acallar a la jerarquía de su Iglesia para hablar en favor de los hijos más queridos de su Cristo. ¡Qué resultado! Enorme riesgo el que corren de terminar convertidos en estatuas de sal.

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