Jueves, 15 de Noviembre de 2018
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Opinión

Dilemas

Ignacio Cárdenas Squella

Periodista

Nada más antagónico a mis creencias es la estima a los caudillismos, fetichismos u otras “adoraciones” tan comunes de las personas. Así como a lo largo de la historia del hombre podemos establecer como hilo conductor la necesidad de éste para tener una deidad a la cual aferrarse (¡y vaya qué caro ha resultado para la humanidad, hasta hoy, tal ancestral y genético deseo!) también resulta frecuente, demasiado frecuente, la demanda de la sociedades para tener un líder al que seguir.

Así como en las empresas hay una línea jerárquica sin la cual una organización seguramente no podría funcionar adecuadamente, en las sociedades democráticas también se requieren conductores. Sin embargo, en Chile no cabe duda que estamos con ausencia de liderazgos personales o institucionales. El descrédito, por las razones que todos conocemos y que ha golpeado a los cuadros dirigentes de los poderes del Estado y varias otras instituciones con asiento moral en la percepción ciudadana, enervan todavía más el paisaje.

En décadas anteriores sucedía que personalidades destacadas por su oratoria y con un sustento en ideas eran capaces de cautivar a las grandes masas. Hoy sería necesario agregar a esas virtudes personales la necesidad de una enorme campaña de marketing y un acceso importante a los medios de comunicación y las redes sociales,  tres prerrequisitos para el éxito.

Con este cuadro que es el “realismo trágico” que constatamos, nuestra posición para el aparecimiento de caudillismos a la argentina o venezolana es demasiado propicio.  Cuando nuestra juventud, tan mayoritariamente ausente de valores que la hagan ver más allá de su individualismo consumista y que naturalmente deberá comportarse como una masa no deliberante sino plenamente obsecuente a la propaganda o la publicidad inocuas y que son, por mucho, la mayoría ciudadana, debemos aceptar que nuestro ethos es alarmante.

La pregunta, entonces, es qué debe ocurrir para que tal situación tenga un vuelco que nos permita ver una luz al final del túnel que atravesamos. No se me ocurre ninguna otra respuesta que no sea hacer un viraje brutal desde el mundo del individualismo actual hacia el de la solidaridad y que es, esta última, el sine qua non para que los valores empiecen a gobernar por sobre las cosas. Fenecido propósito pareciera. Se argumentará: ¿Cómo las sociedades más desarrolladas subsisten sin caudillismos que amenacen su ejercicio democrático? La diferencia está en que tales países en los que por cierto el consumo y el individualismo están también muy presentes, han establecido derechos constitucionales y economías que no permiten la usura, abuso y el despojo que en nuestro país (que además mantiene necesidades básicas insatisfechas) las grandes mayorías las sufren  a diario.

Así las cosas, “en la medida de lo posible”, mantengamos “la política de los consensos” para que la masa, exultada con ropa de marca o china, sostenga la resignación por sobre la furia y podamos seguir eligiendo a los mismos y no tengamos que llegar a “avanzar sin transar”, produciendo la furia de los poderosos que hoy, con un catarro incipiente, nos tienen detenido buena parte del PIB, así como cuando China estornuda.

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