Dispuesto a cumplir lo pactado con el padre

25 Marzo 2018   962   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

En el libro de Lucas 9:51 encontramos lo siguiente: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén”. Isaías en el cap. 50: 7 nos profetisa acerca de ello: “Porque el señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado”. Lo anterior nos habla de la actitud de Jesucristo, el cual pone toda su confianza en el Padre. Él confiaba que su padre estaría a su lado, lo que le daba una confianza absoluta parta ir a la cruz, por lo tanto, “endureció” su rostro como un pedernal (piedra), lo afirmó, lo cimentó en la confianza que le sustentaba.
Lo anterior claramente confirma lo que he venido exponiendo: que Dios en su Omnisciencia y Soberanía acordó previamente con su Hijo un “Maravilloso Plan de Salvación”. Así como se había cumplido el tiempo señalado por los profetas en su primera venida (Marcos 1:15), ahora llegaba el momento en que Él debía asumir voluntariamente la culpabilidad del hombre y pagar en la cruz, para salvarlo de la condenación al infierno.
Jerusalén se aprestaba a celebrar la Pascua, la gran fiesta del pueblo judío que conmemoraba la salida de Egipto (Éxodo 12). Así como el pueblo judío subía a Jerusalén, también lo hacia el Señor, junto a sus discípulos. Lo significante de todo esto es que Él no solo sabía que ésta sería su última Pascua, sino que también sabía que subía a su encuentro con la Cruz y el Gólgota. Él sabía que en este encuentro no solo experimentaría el escarnio y el desprecio del populacho, sino también el suplicio y cruento sacrificio de la crucifixión, un martirio que le llevaría a la muerte, pero luego experimentaría la gloria de su resurrección. Tanto el cordero sin defecto que ofrecieron los israelitas al salir de Egipto, como el cordero que presentaban diariamente en el ritual judío por los pecados del pueblo, solo eran una representación del verdadero Cordero Pascual de Dios, como dijo Juan 1:29 “… ¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Jesucristo, el Hijo de Dios, el verdadero Cordero Pascual, subía a Jerusalén a cumplir el Pacto acordado con su Padre en beneficio del hombre que se vuelve a él. ¡Oh, Maravilloso cordero de Dios que diste tu vida por mí, un vil pecador!”.
A su llegada a Jerusalén, las multitudes le aclamaron. Mat 21:9 nos dice: “Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!”. No obstante los que le aclamaban, más tarde, muchos de ellos vociferaron “Crucifícale”; más Cristo, el Hijo de Dios, asumió lo acordado con el Padre.
Estimado lector, así como Jesucristo no titubeo en asumir nuestra culpabilidad, píense un poco si Él hubiese rehusado ir a la Cruz, que sería de usted, y de mí. Creo que ante tal demostración de amor, el ser humano no debiera negarse en aceptarle, muy por el contrario, estar agradecido de la salvación y vida eterna que nos ofrece en su nombre.
Dios te Bendiga.