Martes, 25 de Septiembre de 2018
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Opinión

Don Andrés Aylwin A.

Jorge Navarrete

Académico U. de Talca

Desde hace un tiempo han empezado a partir “nuestros más querido viejos”. Esos que constituyeron un faro de justicia, coraje moral y de bondad.
En mi oficina de profesor en la Universidad de Talca atesoro con cariño una imagen con él, su esposa, y Anita mi compañera de vida. La veo todos los días como referente de vida para hoy y las nuevas generaciones.
Ya nos hace falta.
Durante décadas don Andrés, como cariñosamente se le decía, fue un factor de unidad entre todos los demócratas de nuestra patria. Personas como él testimoniaron y legaron una amistad indeleble que me une a muchos demócratas cristianos con quienes no sólo fuimos, desde los años´80, hermanos de lucha por la defensa de los Derecho Humanos, sino que con los años cultivamos una amistad verdadera. Y así también, tal experiencia personal, se reprodujo simultáneamente en ciclo interminable a lo largo de la patria.
Le extrañaremos como el rocío que tonifica nuestros campos… que es lo que necesita aún nuestra República… Ese que hace germinar el respeto sino la decencia necesaria para toda convivencia pacífica en nuestra comunidad nacional, la que radica en la justicia y, consustancialmente, en cada derecho fundamental de toda persona, cualquiera sea el lugar, y en todo tiempo.
Una vez coincidimos en un homenaje que se le rendía a su hermano Patricio, en la bella ciudad de Constitución. El sentía que se reencontraba con sus raíces; recordó momentos inolvidables cerca de Putú, donde compartieron por varios años con sus padres y hermanos.
Y me comentó que era hijo de padres muy especiales. Su padre, un masón justo, presidente de la Corte Suprema. Su madre, una mujer muy católica, amorosa, querible y caritativa. Así, don Andrés se constituyó en un ser humano tan humilde e intachable como de excepcional inteligencia y compasión.
Cierto. Día tras día, durante años socorrió al injustamente perseguido y a los familiares de desaparecidos y ejecutados que imploraban justicia en los más recónditos lugares de Chile. Ello le significó la persecución, la amenaza y la cárcel durante la dictadura más infame que extendió su mano asesina aún sobre su amigo Bernardo Leighton y esposa Anita Fresno en Roma, y sobre el propio ex Presidente Eduardo Frei Montalva, en un inédito magnicidio que empieza hoy a afligir a la patria entera.
Empero ello jamás le amilanó, por el contrario, lo forjó como un baluarte defensor de la vida, de la ética humanista y del porvenir fecundo de nuestra Humanidad.
Pareciera que ciertos compatriotas olvidan lo sufrido y contra lo cual él tanto luchó. Otros, van más lejos: alambican matices, “empates” y hasta reclaman contextualizar los horrendos crímenes para encubrirse en la maraña de la causalidad su propia culpabilidad o complicidad.
Por ello y más, nuestro querido don Andrés seguirá siendo la flama de humanidad en un Chile que tanto la necesita.
Hasta siempre don Andrés, hombre coherentemente cristiano, demócrata y justo.

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