Don Carlos, centinela y servidor

23 Septiembre 2018   1922   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Al recordar la muerte de don Carlos González Cruchaga, el pasado 21 de septiembre, vuelvo a nuestras notas escritas hace 10 años. Obispo centinela de la fe y dignidad humana, su personalidad ha dejado huella en la Iglesia local y en Chile. Supo muy pronto ser pastor y actuar como auténtico vigía en tiempos donde se conculcaron derechos fundamentales en el país. Defendió al sufriente, al pobre, al desamparado, a los campesinos. Levantó su voz y se jugó por resguardar a los suyos, que para él fueron siempre todos: cada hombre y mujer que independiente de su creo u opción política, necesitaran de su ayuda.
No faltó la preocupación por el celibato de los sacerdotes, el estilo de vida, y las conductas aberrantes en el orden sexual, que abordó con claridad.
Su vigilancia de pastor fue más allá de las circunstancias dolorosas. Lo muestran los escritos suyos, así como los vínculos con quienes reconocieron en él al padre, consejero y amigo. Animó el dinamismo renovador de la Iglesia como pueblo de Dios, con la participación activa de laicos. Impulsó el audaz compromiso con la historia según el Vaticano II y magisterio latinoamericano.
En su enseñanza directa fue breve, punzante, de sentencias simples. Pues el evangelio y su anuncio son provocadores, directos, inquietantes. Este último aspecto me parece que sobresale en don Carlos: vigía que jamás está conforme con la aparente quietud. Alerta a cada momento, para no permitir que triunfe esa tendencia natural humana e instalarse y alardear de éxitos falsos.
Es que don Carlos jamás cedió al acostumbramiento que estrecha el espíritu y embota la existencia. Su espíritu profético lo hizo despertar consciencias, para evitar las secretas reservas, intereses sórdidos, ambiciones atropelladoras, temores cobardes al poder, o pasiones enfermizas que adulteran la vida cristiana. Jesús, Maestro y norma, es la Palabra Eterna, encarnada, que toca al corazón de cada uno; al oírlo, acá desenmascara, allá consuela y acoge…
Un regalo es haber contado con el temple de este obispo inquietante de la Iglesia, testigo valiente y servidor abnegado. La Universidad Católica del Maule lo tiene como fundador y primer Gran Canciller. Queda la herencia de un amor a la verdad que tiene sentido si se realiza en la entrega y servicio consagrados a los habitantes de esta región en procura de una vida más noble.
Desde la morada eterna, don Carlos cuida de campesinos y marginados, y bendice con sus manos como centinela de la fidelidad al evangelio.