Dos testigos audaces

14 Octubre 2018   1610   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Abrumadoras y tristes son las noticias sobre clérigos y religiosos, que mediante abusos de conciencia y poder, han dañado a niños en el frescor de la vida y la confianza. Por todas partes la rabia y el dolor deteriora la credibilidad de la Iglesia Católica. Existe recelo y suspicacia manifiesta hacia los pastores. La Iglesia está hecha vergüenza. ¿Acaso no hay aún perplejidad y parálisis, con torpezas inexplicables para la conciencia crítica del hombre contemporáneo, que necesita razones fundadas y ejemplos vividos para creer?

Hoy en Roma tenemos la canonización de dos testigos audaces de la fe en tiempos de cambios, confusiones y de horror. Testigos que la Iglesia incluye en el canon de los santos. Por consiguiente, los presenta como ejemplos y trasparentes verídicos del evangelio, intercesores, guías y maestros.
El obispo Oscar Romero, arzobispo salvadoreño, enseña en forma simple y directa: “¡El cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, de prohibiciones! Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una persona, que amó tanto, que reclama mi amor. El cristianismo es Cristo”. Este amor del arzobispo, defendió a los pobres y se convirtió en un ícono de la Iglesia Latinoamericana al morir asesinato mientras celebraba la misa, por un escuadrón de la muerte de la ultraderecha en 1980.
Por su parte, Pablo VI, es el papa solitario e intelectual, tímido y con mirada de águila, que siguió la senda de Juan XXIII, al continuar con el Concilio Vaticano II, para el cual estaba preparado con un dote excepcional. Es, en todo sentido, a mi juicio, el primer papa “moderno”, que conoce y dialoga con el pensamiento contemporáneo. Tuvo el coraje de guiar a la Iglesia en tiempos de confusiones, tormentos, o como dijo un gran teólogo, de “borrascas”.
Los cambios que suscitó el concilio, no siempre encontraron aplicaciones acertadas. Hubo acciones y reacciones extremas, muchas tendencias y disputas. Las formas nuevas hacían de pronto perder el espíritu de la renovación conciliar. Hubo una gran crisis y abandono del ministerio sacerdotal y no faltaron los que pronosticaron el mismo fin de la Iglesia...
Pero Pablo VI tenía el temple del apóstol de quien tomó el nombre. Visitó los continentes, dilató fronteras, rompió esquemas y mantuvo el timón con la serenidad del testigo fiel. Sufrió aislamiento e incomprensión. Pero llevó a la Iglesia a salir de sí misma y ponerse al servicio del hombre y de la humanidad.
Ambos testigos, Pablo VI y el arzobispo Romero, son resplandor de una lucha por vivir las bienaventuranzas. Estímulo y camino para hacer a la Iglesia, la servidora de los pobres y de los hombres acongojados de nuestro tiempo.