El chiste correcto

18 Junio 2018   1041   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Circula en las redes sociales un video que podría ser gracioso, si es que lo que muestra sólo fuera una fantasía y nada más. Pero no lo es y eso hace que al chiste no se le vea la gracia.

En el video en cuestión un tipo (español) intenta contar lo que, suponemos, es un chiste muy gracioso. No obstante, son de tal envergadura los esfuerzos y las contorsiones verbales que debe hacer para no afectar los intereses o las sensibilidades de diversos grupos que, al final, el chiste pierde toda gracia. Y acaba siendo el mejor ejemplo de lo tragicómico que ha llegado ser el lenguaje políticamente correcto, en estos tiempos de minorías e inclusión.
Debo aclarar, de partida, que no estoy interesado en defender ni tampoco atacar a ninguno de los grupos, categorías, hábitos, géneros, nacionalidades, razas ni religiones que en el video en cuestión se aluden. Cada cual es ya suficientemente mayor como para sumir su propia defensa. Y, por cierto, tampoco me interesa acometer contra ninguno.
¿Qué habrá de ser, de ahora en adelante, de los chistes y el humor con que salpicábamos reuniones de amigos y juntas familiares? ¿Se podrá, a partir de ahora, contar chistes machistas, sin arriesgar multas, funas o demandas? ¿Alguien se arriesgará a relatar una historia presumiblemente graciosa, acerca de un inmigrante, o un miembro de alguna minoría, alguien que adora una divinidad exótica o que pronuncia con dificultad? En cualquier grupo de amigos, ¿alguien se arriesgará a mencionar que le parecen divertidos ciertos hábitos alimenticios, algunas prendas de vestir, determinadas formas de hablar, de caminar o de llevar el pelo, sin riesgo cierto de ser tildado de indolente, abstruso y hasta fascista?
Sin ánimo alguno de ofensa ni de burla, ¿podremos de ahora en adelante, manifestar extrañeza por las cosas que algunos comen o dejan de comer, por razones religiosas, filosóficas o simplemente estéticas? ¿Por la manera cómo visten? ¿Por los nombres que tienen, la manera en que forman pareja (o grupos más numerosos), o las formas de cuerpo?
El humor siempre se ha basado en los giros inesperados, lo inusitado, aquello que se sale de la habitualidad y que sorprende. El mejor chiste siempre ha sido el que pone en relieve y llama la atención al detalle diferente.
Siempre nos hemos reído, sin mediar mala intención, del porrazo de algún ebrio, de la falta de cabello de un señor o la silueta contundente de una señora. Mas ya no podremos, a riesgo de ser acusados de indolentes ante la enfermedad alcohólica de un pobre hombre, la inocultable fatalidad alopécica de un tipo desafortunado o de los problemas glandulares de una dama.
¿De qué habremos de reírnos a partir de hoy? Quizás, de nosotros mismos, que habremos de sobrellevar la fría y gris existencia de un mundo sin humor.