El derecho humano a entrar en casa ajena

17 Diciembre 2018   1263   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

He llegado a la conclusión de que, entre otros muchos factores, uno gravitante en la polémica desatada los últimos días por la no suscripción chilena del Pacto Migratorio de la ONU, es la confusión conceptual que algunos padecen. Porque muchas personas confunden emigración e inmigración. Y les hacen sinónimos, cuando son acciones muy distintas.
Porque, por ejemplo, todos nuestros hijos tienen el perfecto y soberano derecho a salir de su casa cuando les plazca. Y volver a ella cuando quieran. Pero esa facultad, que podemos asimilarla al derecho a emigrar, no les otorga en modo alguno la supuesta atribución de entrar en una casa ajena cuando se les ocurra. Por muy educados y encantadores que mis hijos sean, no tienen derecho a entrar en el hogar de Ud.
La emigración, el movimiento de salida, se relaciona íntimamente con la libertad de movimiento, mi derecho soberano a desplazarme dentro del territorio del país del que soy nacional y, también, la facultad de salir de sus fronteras cuando quiera. Nadie puede ser privado de su derecho a salir de un país en el que no quiere permanecer, de lo que se sigue la flagrante violación de ese derecho que cometen aquellos Estados que impiden (sea con muros, con requisitos complejos, tasas onerosas u otros subterfugios parecidos) que la gente salga de ellos. Cuba, Venezuela, Corea del Norte, la antigua Alemania oriental son o fueron ejemplo de negación del derecho a emigrar.
La inmigración, en cambio, es el movimiento de entrada y se relaciona con el transitar hacia el interior de las fronteras, que pretenden realizar personas que no son nacionales de aquel Estado. Y, como dije más arriba, por muchas cualidades, méritos, privaciones o padecimientos que un extraño tenga, no tiene el derecho a entrar en un hogar ajeno. Podrá demostrar necesidad o merecimientos de sobra, pero el Estado cuyas fronteras quiere sobrepasar habrá de decidir si lo deja entrar, o no.
¿Se imagina el Lector que cualquier individuo, por meritorio que sea, invocara su “derecho humano” a entrar a la casa/país de quien se le antoje? Cuando estos instrumentos internacionales, redactados en un lenguaje particularmente abstruso, se bajan al plano cotidiano y personal, la cosa cambia. Y, así como Uds., yo y cualquier persona tiene derecho a decidir a quién permite entrar en su casa, Chile tiene la prerrogativa soberana de negar la entrada a quien no desea que ingrese al territorio.
¿Se imagina el Lector que, un mal día, miles o millones de bolivianos decidieran ejercer su “derecho humano” de vivir en Antofagasta?